Por Alexandra Ledesma
Socióloga y Educadora Sexual
Al iniciar una relación, no solo lo hacemos involucrándonos mediante sentimientos, lo hacemos con nuestros pensamientos, desde la forma en cómo nos vinculamos, y claramente entramos con un cuerpo, un cuerpo lleno de historias, heridas, mandatos, silencios. La forma en que habitamos ese cuerpo, como lo miramos, como lo disfrutamos, como lo cuidamos y como lo juzgamos, tiene un impacto directo en la manera en cómo nos vinculamos con otros.
Cuando no nos sentimos cómodos en nuestro propio cuerpo, las relaciones suelen convertirse en un escenario de compensaciones. Muchas veces pedimos amor cuando ni nosotros mismos nos lo brindamos.
Confundimos amor con hambre de validación, aceptando menos de lo que merecemos por miedo a no ser deseados. Nos mostramos desde la racionalidad y nos alejamos del sentir desde un placer valido y necesario. El cuerpo se vuelve un lugar incomodo, en vez de ser nuestro primer hogar.
Muchas personas llegan a la intimidad pero sin desnudarse por completo, no se sacan sus propios prejuicios, las críticas hacia sí mismos, desconectados de sus propias sensaciones. Los momentos de intimidad se transforman en un espacio de actuación, donde no se trata de mostrarse sino de esconderse lo más posible, aquí el cuerpo no es un aliado, es el campo de batalla.
Mirarnos con dureza, haciendo comparaciones que nada bueno traen, se cuela sutilmente en los vínculos, en la forma de entregarnos al otro. Se trata de una forma de presencia física muy tibia, porque hay ausencia emocional.
Lo más doloroso es que la mayoría de las veces, estos prejuicios que volvemos propios, rara vez nacen de nosotros, son impuestos, son la herencia maldita, el “deber ser”, alcanzar el “cuerpo perfecto”, lo que se considera hegemónico, lo deseable (en un sentido estereotipado).
Estos mandatos se clavan en lo más profundo, y operan como una voz interna constante que limita el disfrute y condiciona el vínculo. Así, aunque se trate de una relación amorosa y respetuosa, el cuerpo se vive con vergüenza.
Sin dudarlo, como nos vinculamos con nuestro cuerpo determina como nos vinculamos con los demás, un cuerpo “rechazado” pide permiso casi que de forma constante, incluso para su propio sentir, y en muchas ocasiones a conformarse con migajas.
En cambio, un cuerpo que se escucha, que se valora, vive el deseo, se disfruta, y se entrega de forma genuina.
Habitar nuestro cuerpo de forma amable, no es sencillo, es un proceso como muchos que nos vemos obligados a atravesar en estos tiempos, es aprender a querernos sin esperar antes la validación externa. Una vez que sucede, es transformador, las relaciones cambian, no porque el otro haya tenido un cambio, sino porque ya no hay que luchar con uno mismo para poder amar y dejarse amar.
Quizás el desafío más grande en un vínculo no sea encontrar a alguien que nos quiera, sino permitirnos estar en el cuerpo que somos, sin castigarnos, para poder encontrarnos de verdad. Amigarnos con nosotros mismos vuelve posible la intimidad real, esa que va mas allá de la desnudez
Jueves 05 de Febrero, 2026 161 vistas