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Miércoles 21 de Enero, 2026 528 vistas

El partido que se achicó para entrar en un cargo

Por Pablo Vela
Hay partidos políticos que nacen para transformar un país, su historia. A veces, circunstancialmente quienes ocupan lugares de decisión en el mismo, se conforman con transformar convicciones en sillones. 
Porque no es menor el espectáculo: un partido que deja manosear a su líder (no a cualquiera, sino al nuevo, al elegido por una mayoría abrumadora) mientras mira para otro lado y hace cuentas. No cuentas de votos ni de proyectos para el departamento, sino cuentas personales: cuantos cargos, cuantas fotos, cuantas promesas para la próxima elección, comienza a ser lo que de afuera otros dicen: un “perrito faldero”.
El líder molesta. Siempre molesta. Sobre todo cuando recuerda que hubo una elección, que hubo una mayoría clara, que hubo una idea de gobierno. Porque conviene decirlo sin rodeos: sin ese liderazgo hoy ningunos de los que negocian en voz baja estaría negociando nada. Ni cargos, ni acuerdos, ni futuros. Hoy hay fotos, anuncios pero pocas buenas noticias para los barrios que algunos nunca pisaron, fotos y anuncios porque el líder los hizo conocidos y ante el primer llamado no dudaron...en olvidar las premisas de la vida: ser agradecido.
Pero en política hay una alquimia curiosa: el agradecimiento dura exactamente hasta que aparece la posibilidad de un carguito. Ahí, la lealtad se vuelve negociable y la dignidad, optativa. Se habla de “pragmatismo”, palabra comodín que sirve para justificar casi cualquier cosa, incluso el abandono explícito de quien te llevó hasta la mesa donde ahora te sentás a escondidas.
El partido, mientras tanto, hace fuerza pero para otro lado. No defiende a su líder. No defiende el mandato de la mayoría. No defiende al departamento ni a la ciudadanía. Defiende apenas la ilusión de seguir siendo parte, aunque sea desde el borde, aunque sea callado, aunque sea traicionando.
Y así se construye el consenso más triste: acuerdos a espaldas del líder, de la gente y del proyecto. Todos piensan en la próxima elección, pero nadie piensa en el próximo vecino. Todos cuidan su quintita, mientras el departamento queda a la espera de lo que también votó: propuestas sobre temas que preocupan.
La ironía final es deliciosa: se desdibuja al único que les dio volumen político creyendo que eso fortalece al partido. No entienden (o fingen no entender) que sin ese liderazgo fuerte, claro y legitimado, lo que queda es la chance del retorno de lo que la gente rechazó y por lo que tanto estos mismos “inteligentes” trabajaron.
Moraleja no oficial: cuando un partido prefiere un puesto antes que una postura, no se vuelve más gobernable. Se vuelve más chico. Y cuando deja solo a quien la gente eligió, no traiciona solo a un líder: traiciona a la ciudadanía que dijo “es por acá”.