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Sábado 07 de Febrero, 2026 152 vistas

Felices

Por el Padre Martín Ponce de León
Una de las páginas más hermosas y cuestionadoras de los relatos evangélicos es, sin lugar a dudas, la que conocemos como las bienaventuranzas.
Allí, el evangelista, pone en boca de Jesús una serie de pautas que nos hacen saber que estamos llamados a vivir desde la felicidad de la realización y entrega personal.
No nos plantea la felicidad como un algo del “más allá” sino como un algo que debemos experimentar aquí y ahora.
Durante mucho tiempo se nos presentó a la vida como un algo donde el dolor, el sufrimiento y la renuncia eran el mejor camino para llegar a Dios. El Jesús del evangelio nos reitera la necesidad de la felicidad como el mejor y más seguro de los caminos que nos conducen a Dios.
La felicidad, según nos la plantea Jesús, no es una serie de recetas que se deben aplicar, sino una postura ante la vida que debemos saber vivir.
La felicidad no implica no tener problemas o dificultades puesto que ello implicaría vivir al margen de la historia. Pese a tener problemas o dificultades nos posesionamos, de tal forma, que no perdamos esa felicidad a la que estamos llamados a vivir.
La felicidad no pasa por tener sino por ser, ello implica una actitud personal que debemos conservar por sobre todas las cosas.
Es saber que lo que somos y nos toca vivir son realidades bien concretas que nos animan a disfrutar, valorar y agradecer. La verdadera vida no pasa por lamentar lo que nos falta, sino disfrutar lo que tenemos y somos.
Cuando miramos lo que somos, siempre, descubrimos que podemos ser mejores. Lo nuestro, como camino a la felicidad, no pasa por lamentar nuestra pobreza sino valorar y disfrutar cada paso que podemos dar y nos ayuda a avanzar siendo, un poco, mejores. Nos debe hacer felices el poder descubrir que, dejándonos ayudar, podemos cultivarnos en el crecimiento de esos valores que dicen y hacen a nosotros como personas.
Nos debe hacer felices el poder reconocer que, pese a nuestros errores, siempre, Dios nos brinda oportunidades para aprender a mejorar. La felicidad no está en el que nunca nos hayamos equivocado sino en que, pese a ello, podemos descubrirnos aceptados y queridos por alguien. Pero, también, el que, pese a nuestras equivocaciones, podemos ayudar a otro a que se sienta alguien.
No podemos pretender encontrarnos con una vida donde las dificultades y las satisfacciones no vayan de la mano, pretender tal cosa sería como pretender vivir en un mundo que no sea real y Jesús bien conocía la vida y, por ello, no nos plantea un imposible, sino que nos presenta una actitud de vida que nos conduce a la realización personal y, así, a la felicidad.
La felicidad de la que nos habla Jesús es, sin lugar a dudas, una actitud de vida que se construye y, por lo tanto, una tarea que se debe enfrentar y con la que nos debemos comprometer.
No hay felicidad sin superación personal y, por lo tanto, no es un algo que se logra evitando situaciones o esquivando momentos. Es un poder enfrentar situaciones y vivirlas aprendiendo y, así, ejercitándonos para ocasiones similares. Todo lo nuestro nos ayuda a ir aprendiendo y vivir de tal forma nos ayuda a disfrutar de la felicidad.
Si buscamos la felicidad como producto de un esfuerzo individual, tal vez, nos resulte muy difícil poder lograrla. Somos seres en relación y, así como nos debemos dejar ayudar a ser felices, también, debemos ayudar a otros a que busquen su felicidad. Es un ida y vuelta que, sin duda, nos hace gustar la felicidad que nos ofrece Jesús.