Por el Padre Martín Ponce De León
Hace un tiempo observaba como un pequeño gorrión caminaba, piando, por la ventana de mi cuarto en busca de algo de comida. Al abrir la ventana para depositar algunas migas, dicho gorrión remontó vuelo. Al poco tiempo pude descubrir que había regresado y se había llevado las migas que ya no estaban.
Todas las mañanas, desde entonces, ponía algunas migas que, luego, habrían de desaparecer. Fue, entonces, que decidí cambiar de lugar donde depositar las migas que ponía para aquel pequeño gorrión. Comencé a poner dichas migas sobre el piso de la terraza.
Ya no era un gorrión sino dos o tres los que bajaban a comer lo que solía dejarles. Poco tiempo después comenzaron a aparecer más gorriones y algunas palomas torcazas. En muy poco tiempo desaparecía lo que, para ellos depositaba.
Al poco tiempo apareció un benteveo que se sumó a ellos. Dicho pájaro no permitía que ningún otro pájaro se acercase a las migas mientras él estaba comiendo. Con su gran pico atacaba a quienes pretendieses alimentarse mientras él lo hacía.
Los gorriones lograban, debido a su agilidad y mayor cantidad, rescatar algunas migas que debían comer en algún lugar, luego de transportarlas en su pico. Las torcazas, más ingenuas, se limitaban a esperar su retiro. Pocos días después apareció un tordo y él no se dejaba amilanar por el benteveo.
Con el correr de los días los gorriones ya era muchos, las torcazas varias y los tordos habían aumentado su número, solamente el benteveo se mantenía en su ser el único de su especie. Fue, entonces, que apareció una paloma que, por tamaño, ahuyentaba a todos los demás.
Al día siguiente ya eran tres o cuatro palomas que asumían el derecho a ser las únicas en comer mientras los demás esperaban su turno. Las palomas son muy desprolijas para comer puesto que desparraman las migas buscando aquellas que, por tamaño, les resulte más fácil de comer y ello permitía que, mientras ellas comían, los demás, retirados del lugar donde depositaba las migas, pudiesen encontrar algo con lo que entretenerse.
Sin lugar a dudas que, entre ellos, la ley del más fuerte, se mantiene y se asume como algo natural.
Cuando le miro alimentarse no puedo evitar pensar en la semejanza que ello tiene con la realidad humana en la que estamos inmersos. La única diferencia es que a la ley del más fuerte la justificamos con argumentos que buscan disimularla. Ellas, en cambio, la aplican como forma de sobrevivencia sin necesidad de justificaciones.
Le ponemos diversos nombres que busquen justificar lo hecho, pero sigue teniendo vigencia la ley del más fuerte. Ello no puede ser válido como forma de relacionarnos con los demás puesto que nuestras relaciones deben basarse en el respeto, el diálogo y la búsqueda del bien común.
Cuando los humanos vivimos desde la sombra del más fuerte nos deshumanizamos y vamos perdiendo valores en nuestras relaciones. Ello, lejos de ayudarnos a construir un mundo más fraterno y justo, no hace otra cosa que construir un mundo donde impera el temor y el abuso.
Ser más fuertes no nos hace ni más buenos ni más poseedores de la verdad, simplemente nos debe llamar a la responsabilidad puesto que, con nuestra fuerza, podemos hacer mucho daño y perjudicar a otros.