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Miércoles 04 de Febrero, 2026 553 vistas

Los loros de la política

Por Pablo Vela
Hay una especie abundante y ruidosa en el ecosistema político: la del obsecuente profesional. No piensa, repite. No propone, aplaude. No discute ideas, memoriza consignas. Se le conoce popularmente como loro, no por su colorido (que suele ser verde, gris, una mezcla de ambos) sino por su habilidad para repetir lo que convenga al “amo de turno”.
El loro político carece de ideología, pero no de ambición. No tiene convicciones, pero sí olfato para el poder. Hoy defiende una causa con devoción casi religioso; mañana la traiciona sin pestañear, aunque el viento le sopla en la cara. Su brújula no apunta al norte de los principios, sino al despacho más cercano donde se repartan cargos.
Lo más preocupante no es su falta de escrúpulos sino la normalización de su conducta. El loro ya no se esconde. Ha aprendido que en política la deslealtad no solo no se castiga, sino que a menudo se premia. Darle la espalda al líder que ayer se alababa puede ser el peaje necesario para asegurar un carguito mañana, sin importar que estemos hablando de distintos Partidos Políticos. Y así, la traición se maquilla de “madurez política” y el oportunismo se vende como “pragmatismo”.
Estos personajes no construyen proyectos colectivos; los parasitan. No fortalecen partidos ni movimientos; los vacían de contenido. Convierten la política en un teatro de frases huecas, donde la coherencia estorba y la ética se considera un lujo prescindible. Al final, el debate público se degrada porque quienes más hablan son los que menos creen en lo que dicen, se perfeccionan como actores.
El problema no es solo del loro, sino del sistema que lo tolera y lo asciende. Cuando la lealtad a los valores importa menos que la lealtad al líder político, liderazgo legitimado en las urnas, la política deja de ser un espacio de transformación y se convierte en una simple agencia de colocaciones.
Tal vez ya va siendo hora de exigir algo más que obediencia ciega y discursos repetidos. De reclamar políticos con ideas propias, capaces de sostenerlas incluso cuando incomodan. Porque mientras sigamos premiando a los loros, no nos sorprendamos de que el debate público suene cada vez más a eco y cada vez menos a pensamientos políticos.
Las oportunidades se aprovechan, para bien de la ciudadanía. Para el bien general. Que los mejores nos cuiden y nos brinden soluciones.
Que los loros no sean más que los mejores.