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Sábado 24 de Enero, 2026 203 vistas

Poco a poco

Por el Padre Martín Ponce De León
Poco a poco se han ido gastando los días. 
Días de tranquilidad, silencio y soledad.
Días para estar con uno mismo y escuchar el silencio y rezar disfrutando.
Días donde las conversaciones fueron pocas y las obligaciones fueron, aún, mucho menos.
Días donde pude compartir con quien estaba por todas partes, aunque, en realidad, no estaba en ningún lado.
Días donde la escritura y la lectura ocupaban mis horas y mi ser.
Poco a poco, esos días, se han ido gastando y van llegando a su final.
Hay, como en todos los hogares, un horario que cumplir, pero el mismo se cumple sin que pese como un horario.
Los únicos sonidos existentes son los sonidos de los diversos pájaros que, allí, se encuentran en abundancia.
Alguna cigarra se hacía presente para recordar que estamos en verano y el calor se hacía sentir por momentos.
Si el día estaba colmado de silencio, la noche se desbordaba de magia. La magia de reducir todo a oscuridad y sombras, salvo algunos conos de luz con los que uno se podía encontrar.
El cielo perdía su azul para volverse negro para lucir en todo su esplendor a cientos o miles de estrellas que se mostraban impactantes.
Algunos bichos de luz parecían pequeñas y cercanas estrellas que viajaban entre los árboles del entorno de la casa.
Unos metros más allá de esas luces titilantes, oscuridad y nada. Una oscuridad en la que, tal vez, uno puede perderse de sí mismo.
Pero es la noche donde uno se descubre en la inmensidad de un silencio que todo lo cubre y envuelve. En la noche resulta casi imposible no perderse en la inmensidad de Dios y su presencia se hace íntima y pacífica. Se vuelve lugar y espacio seguro donde abandonarse.
En la noche se pueden pasar largos ratos de silencio y contemplación. Contemplando, en primer lugar, la negrura del cielo que se ha vuelto inmenso, las estrellas que asoman por todos los lugares sin llegar a cubrir toda su capacidad, puesto no abundan los lugares vacíos de estrellas. En segundo lugar, uno puede perderse en la contemplación de un silencio que resulta imposible no escuchar.
El silencio penetra por la piel o se respira resultando imposible no experimentarlo.
Poco a poco van quedando atrás todas esas realidades que hacen sentir un regocijo interior que se hace imposible no disfrutar.
Han sido días de poner distancia con el mirar a pocas cuadras, con los ruidos de la calle, los tamboriles nocturnos y los horarios obligatorios.
Quisiera poder dejar, por todos los rincones, mi inmensa gratitud ante la oportunidad brindada, pero a ella la llevo en mi interior para que permanezca para siempre.
Sé que suena a algo cursi, pero, también lo sé, ello es lo que experimento verdaderamente.
Es una gratitud que va mucho más allá de palabras, ya que las mismas son demasiado pobres o trilladas y no dicen, debidamente, de lo mucho que siento debo agradecer.
Poco a poco he ido gastando las horas y, ahora, solamente me resta atesorar lo vivido mientras intento guardar un trozo de luna, un poco de silencio y mucho de paz. Todo me dice que ya ha llegado el momento del retorno y no quisiera perder nada de lo vivido.