Por el Padre Martín Ponce De León
El relato evangélico pone en boca de Jesús la afirmación: “Son sal y luz del mundo”. No dice “deberían ser…” o “algún día llegarán a ser…”. Afirma contundentemente: “Son sal y luz…”.
Es una verdad que muchas veces no tenemos en cuenta debidamente o no le damos debida importancia al “Son”. Utiliza el presente y ello no debe resultarnos indiferente.
Debemos, por un lado, saber mirar nuestra realidad en lo más esencial, por más que, muchas veces, nos detengamos y miremos, únicamente, los detalles. Nos cuesta saber mirar lo esencial.
Jesús se vale de dos elementos que hacen a lo esencial de la vida, como son la sal y la luz, para invitarnos a mirarnos en lo más profundo de nuestro ser.
Con ello nos quiere decir de la misión de dar sabor y de iluminar, que cada uno de nosotros poseemos.
También, es una invitación a mirar nuestra postura ante nuestra vida misma. Ello nos hace saber que, muchas veces, lo que buscamos ya es parte de nosotros.
Buscamos luz o sal para ser útiles en este hoy y ello ya está en nosotros. Deberíamos buscar ayuda para iluminar con más fuerza o para tener un sabor más específico.
Es evidente que antes de continuar con el tema que nos ocupa, debemos preguntarnos sobre o que, hasta hoy, hemos hecho con nuestra luz y nuestra sal. Son dos realidades que dicen de poner al servicio, la luz carece de sentido si no es para iluminar y, quizás, muchas veces, la hemos mantenido apagada o escondida para evitar las sorpresas que su utilización nos puede implicar. Dios no es como la UTE que pasa factura por el servicio que nos brinda, Él nos lo brinda desinteresadamente, no espera a cambio de lo que entrega. La sal tiene sentido en cuanto brinda sabor, y, al mismo, no lo podemos dar si lo conservamos dentro de algún recipiente.
Brindar luz o sal implica comunión con los valores del Reino de Dios, en cuanto realidades que hacen a nuestra condición de personas. No brindamos valores del Reino alejándonos de nuestra condición de personas o intentando vivir sin mantener los pies sobre la tierra o carentes de sentido común.
El Reino de Dios no es una abstracción o una realidad de, únicamente, futuro. Es una realidad que hace y dice de nuestra vida y para nuestra vida. No hace referencia a algo con lo que podemos soñar, sino que hace referencia a lo que, diariamente, estamos viviendo. Por lo tanto, es un compromiso con nuestra vida misma.
Tal vez, por temor, a ese compromiso que nos pide coherencia de vida. A nuestra luz le colocamos algunos adornos para que no sea tan evidente y, por ello, más comprometedora. A nuestra sal, intentamos matizarla con otros sabores con la finalidad de no ser tan exigente y comprometedora y, así, pueda resultar más atractiva.
Jesús, con su vida, nos muestra que se debe ser coherente con la luz y la sal de su existencia, por más que ello le haya sido causa de cuestionamientos, censuras y rechazos. No suavizó su propuesta, sino que se mantuvo coherente, aunque le dijeran que “Es duro tu mensaje”. Mitigó su mensaje mostrándonos que es posible vivirlo y que haciéndolo seremos felices porque realizados como personas.
Ustedes son sal y luz. Si asumiésemos esa realidad, sin lugar a dudas, nuestro actuar sería muy diverso y nuestro hoy, mucho mejor.
Lunes 09 de Febrero, 2026 120 vistas