Por el Padre Martín Ponce De León
Supongo que, a nadie que entre, por la mañana, al templo, le han de resultar indiferentes esos cuatro, cinco o seis personas que duermen en su atrio.
En oportunidades, debo pasar entre ellos y, tal cosa, no me resulta indiferente y no puedo evitar algunas cosas se revuelvan en mi interior.
Miro para tratar de identificarles y, sé, la mayoría de ellos, son jóvenes que viven en esa situación tan particular. Quizás alguno de ellos ha encontrado su vida en esa situación. Quizás, alguno de ellos es víctima de una situación personal que le ha llevado a tal situación.
Sus opciones le han ido empujando a asumir, como válida, la realidad en la que se encuentra hoy.
Estarán aquellos que se han ido visto marginados por su familia y ello le ha llevado a estar en la calle o durmiendo en el atrio del templo.
Cada uno de ellos carga, sin duda, con una historia a la que, me gustaría poder asomarme para poder brindar una modesta mano.
Supongo no ha de ser fácil brindar una mano válida ya que, muchos de ellos, ya están ganados por adicciones o por la libertad que les brinda la calle.
Supongo que mi cercanía para con ellos no ha de ser de mucha utilidad, aunque, lo sepa, es lo único poseo para ofrecerles.
Deber pasar por entre ellos, que duermen, despierta en mí una serie de cuestionamientos y, los mismos, no me hacen quedar indiferente. Imposible evitarlo.
Supongo, también estarán aquellos que no han de comprender ni aceptar, se permita a esas personas, el estar durmiendo allí donde se encuentran.
Supongo estarán aquellos que entiendan que, dejarles pernoctar allí, es una falta de respeto con el templo. Como, también, estarán aquellos, que han de ver que ello no es otra cosa que permitir que el atrio del templo se presente sucio y con mal olor.
Supongo que, estos últimos, han de ser varios y, ello es, únicamente, un suponer de mi imaginación y, ojalá, ella estuviese muy equivocada.
Quiero suponer que, para muchos, el deber entrar al templo por entre jóvenes que, tirados en el piso, duermen, ha de ser algo que los cuestiona en su ser de cristianos.
¿Para Jesús, esa presencia, sería una incomodidad o molestia? ¿Alzaría su voz ante esa realidad? ¿Se limitaría a verlos o buscaría encontrar algo más digno para ellos?
Sé que tienen la posibilidad de algo más, pero, también lo sé, se resisten a aceptar eso que se les ofrece. Podrán tener sus motivos, aunque, muchas veces, son prejuicios, pero, ¿cómo poder ayudarles a cambiar su manera de pensar?
¿Todo debe limitarse a verlos y suponer ya no hay nada que se pueda hacer por ellos? Tal vez, la solución no sea hacer por todos, sino poder ir haciendo algo por uno de ellos.
Mientras tanto, las noches de verano van pasando y, para ellos, tales noches, no resultan una incomodidad. Pero, han de volver las noches del invierno, y, con el frío, el viento y la lluvia, sus noches no han de ser tan cómodas.
Supongo no ha de ser lo que Cristo me pide, que me acostumbre a pasar entre ellos con total indiferencia ya que ello, creo yo, no podría hacerlo. Supongo que, tampoco, debo aprender a verlos como una falta de respeto o una suciedad para el atrio del templo, puesto que, jamás, podría verlos de esa manera.
Supongo, Dios, me está diciendo algo mientras paso por entre ellos. ¡Qué es lo que me está pidiendo? Solamente supongo y no logro encontrar una respuesta.
Lunes 02 de Febrero, 2026 195 vistas