Por el Padre Martín Ponce De León
Sin lugar a dudas este tiempo vivido me hace saber un privilegiado ya que, luego de un corto viaje, me encuentro fuera del mundo cotidiano.
Los únicos sonidos que se escuchan son los propios de la naturaleza y ellos me hacen saber que el lugar es real.
No hay sonidos del tránsito, de los medios o los particulares de la gente. Tal vez, para muchos, puede ser un silencio abrumador, pero es un silencio que me resulta muy disfrutable. Es un silencio que se hace escuchar.
Es un silencio exterior que permite escuchar con total nitidez a esas voces interiores que, muchas veces, no se escuchan con total claridad.
Voces interiores que permiten escucharse a uno mismo y, tal cosa, es una oportunidad que no se tiene con tanta claridad y resulta una magnífica instancia el poder hacerlo.
Hay voces interiores que, lo reconozco, surgen en mí y ellas me llenan de regocijo puesto que son parte de la razón de mi vida.
Son voces que atesoro en mí y suelo compartir con muy pocas personas., ya que ellas resultan muy difíciles de poder explicar o aceptar.
Sé que son una parte importante de mi vida, pero, también, sé que no logro explicar mi afinidad para con ellas. No es que comparta muchas situaciones de su estilo de vida, pero, no puedo evitar experimentar una atracción particular para con todo lo suyo.
Escucho sus voces y me llama la atención su vivir sin obligaciones ni responsabilidades. En oportunidades creo que llegan a ser indiferentes hasta para con ellos mismos. Viven con una libertad que, en ocasiones, no es otra cosa que sobrevivir y, tal cosa, no logro entenderla, pero no deja de despertar mi atención.
Escucho las voces de esas personas que han dejado una huella indeleble en mí. Son voces que tienen algo de pasado o de seres que, físicamente, ya no están pero que se han quedado, definitivamente, en mí.
Trato de escucharlas con la mayor objetividad posible, peo descubro que ello no sé hacerlo ya que la admiración que despiertan en mí es imposible no tener presente.
Son seres que despertaron, por diversas razones, mi admiración y ello hizo que se adentraran en mí y se quedaran definitivamente y, aún, continúan presentes, cuestionando o motivando mi actuar.
Son esos seres que, algunos de ellos, físicamente ausentes, continúan haciéndose escuchar. Son esos seres que, físicamente presentes, me invitan con un “Míreme” para que no deje de aprender algo de ellos. Sin duda, son ellos un regalo que Dios ha puesto en i vida para que, si no hubiese sido un muy mal alumno, podría ser mucho mejor y más útil como persona.
Por sobre todas las voces escucho la de Él. Es esa voz amigable que, pese a todo lo mío, no me reprocha, sino que me manifiesta que ha llegado el momento de comenzar a vivir todo lo aprendido. De nada sirve el poder reconocer que he tenido la oportunidad de aprender muchísimo, si no llego a poner en práctica todo ello.
Bien que sé que el sacerdocio no es una profesión ni una distinción, sino que es una tarea que se hace servicio y, por lo tanto, una vida que se debe brindar.
Una tarea que diga de cercanía, sensibilidad y responsabilidad. Ello dice de una actitud ante la vida misma. Por ello, la necesidad de comenzar a ponerla en práctica.
Hoy cuando escucho el silencio que me permite escuchar mis voces interiores, me siento un privilegiado, pero, también, un alguien que debe asumir la responsabilidad de comenzar a ser algo de lo mucho que aprendí o admiro desde tantas voces interiores, lecciones de vida que he recibido.
Lunes 19 de Enero, 2026 252 vistas