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Sábado 08 de Agosto, 2026 306 vistas

Amor de madre

Por el Padre Martín Ponce De León
Para acercarnos a Jesús, necesario se nos hace acercarnos a los relatos evangélicos y poder leer más allá de lo que dice el texto mismo. Hacer tal cosa no es inventar un relato sino, simplemente, leer para poder escuchar lo que Dios tiene para decirnos.
El texto comienza diciendo que Jesús, saliendo de las fronteras del pueblo de Israel, se encuentra en tierras vecinas. Allí se le aproxima una mujer, también extranjera de esas tierras, pidiendo por la salud de su hija. 
Lo primero que llama la atención es la actitud de Jesús. Se hace el desentendido ante los sonoros ruegos de la mujer. Camina, junto al grupo de Jesús y sus discípulos, pidiendo por la situación de su hija. Parecería, solamente a los discípulos, incomoda aquella mujer y su ruego.
Tanto molestan aquellos ruegos que, los discípulos, piden a Jesús que la escuche para que no incomode más. 
Jesús escucha a la mujer y ella le plantea la razón de su solicitud. Como respuesta va a plantear la condición de su misión y la realidad de ella en su condición de extranjera. Realidad que estaba impidiendo su poder atender a dicha solicitud. Los límites fronterizos le impedían prestarle atención, no se lo permitían. Por su condición de ajena al pueblo de Israel, la religión de la mujer, le impedía prestarle atención, no se lo permitían. Pero, la mujer apela a aquello que está por sobre fronteras y religión. Apela a su condición de madre que ama y se ocupa del bienestar de su hija.
Ante el amor de madre, Jesús no se detiene. Libera a la niña de su mal. La libera.
El amor de madre no sabe de fronteras o de religión, sino que sabe de algo esencialmente humanoy, ello, es lo que, verdaderamente, importa a Jesús. Todo lo demás se hace secundario.
En aquella mujer, que en el comienzo del relato se pone de manifiesto su condición de extranjera, se acentúan dos realidades que hacen a su vida y, son ellas, las que motivan el encuentro con Jesús. El amor y su maternidad
Movida por el amor no teme incomodar con sus gritos. Movida por el amor no deja de insistir, por más que esa insistencia pueda resultar incómoda para algunos o perturbadora para otros. Al amor nada lo detiene ni frena. El amor hace insistente a quien lo vive verdaderamente. 
No pide para ella. Su solicitud es manifestación de la maternidad que se resiste a aceptar el sufrimiento de su hija. Quiere la felicidad de su hija y, como buena madre, hace todo lo que está a su alcance para lograrla.
Ello hace que los argumentos de Jesús pierdan validez y se decida a actuar. Para Él, realidades tan humanas, como el amor y la maternidad, poseen una fortaleza tal que sus resistencias se vean superadas y actúe con unas sencillas palabras.
En oportunidades hemos cargado a Jesús de rituales y obligaciones que le hacen ver como refugiado detrás de algunas realidades y, nos olvidamos, que para Él, lo verdaderamente importante es la dignificación de lo humano.
Jesús no vino para que nuestra condición humana se vea sometida o condicionada por normas o principios. Vino para que, como personas, nos sepamos dignos de la acción de un Dios que es tan cercano y tan Padre, que solamente quiere a sus hijos felices.
Por más que nos pueda sorprender, un algo, el comportamiento de Jesús, nunca, lo suyo, nos deja con las manos vacías, sino que, siempre, camina junto a nosotros para que nos sepamos felices ser personas puesto que, lo suyo, siempre nos plenifica.