Por el Padre Martín Ponce De León.
Aquí me encuentro, ante el sepulcro donde te han puesto.
Todo está rodeado de silencio y recogimiento. Una extraña sensación me invade.
¿Lo tuyo estaba destinado a tanto? ¿Debías concluir de esta manera?
Algo me dice que debo conservar una esperanza, pero la misma, se debilita ante la realidad.
Todos tus signos, todas tus palabras, todo lo tuyo se rodea de oscuridad y silencio y ello me resulta imposible de aceptar y, mucho menos, resignarme a que así debe ser.
Derrochaste amor en cada uno de tus pasos y en todas tus palabras y, como era de esperar, te rodeó el sufrimiento, la soledad y la muerte.
Repentinamente, lo tuyo sufrió un cambio radical. Pasaste de ser un ser admirado y buscado a ser un ser señalado y condenado.
Te seguían multitudes y, ahora, te acompaña la silenciosa soledad. Te aclamaban y deseaban coronarte como rey y, ahora, esas mismas voces piden tu muerte en cruz.
Tus seguidores se transformaron en temerosos seres que te han abandonado y se ocultan colmados de miedos. Tu suerte puede ser la suya y no es agradable. Por ello se ocultan y temen tu final pueda ser en ellos.
Todas tus palabras se pierden en el profundo silencio que rodea a tu cruz y tu sepulcro.
Una inmensa piedra cubre el acceso a donde todo lo tuyo se hunde en el más estruendoso de los fracasos. No es una metáfora sino una cruda realidad.
Tus sueños de un mundo mejor están sepultados contigo. Tu construir un mundo apoyado y centrado en el amor, descansa en la sombría paz del sepulcro.
¿Todo lo tuyo ha sido en vano? Sin lugar a dudas es esperar contra toda esperanza.
Lo tuyo ha sido un inmenso proyecto de amor que se ha visto derrotado por el rencor y la defensa de los intereses particulares.
Desde el silencio que rodea tu sepulcro se puede escuchar una voz que proclama que has sido derrotado. Te han vencido. No resulta fácil poder ir contra lo establecido y lo que permite acceder al poder. Te han quitado del medio. Ya no molestas ni incomodas.
Resulta imposible suponer un hoy donde impere el amor. Resulta molesto suponer un hoy donde la persona del otro sea el centro de la historia.
Los intereses individuales han derrotado al bien común. El poder se ha impuesto a la fraternidad y al servicio. Lo económico ha desplazado al amor. Tú has terminado destruido y sepultado.
Has terminado tan destruido, físicamente, que no hay lugar para la esperanza. Tu sepulcro está firmemente cerrado. No hay resquicio para la esperanza y la vida.
En el leño de tu cruz ya no quedan rastros de tu sangre. La lluvia caída ha borrado todas tus huellas salvo las de los clavos que te sujetaban al madero donde te crucificaron. En las afueras del sepulcro todo es silencio, oscuridad y soledad.
De a multitud que te buscaba y seguía no queda nadie. De tu grupo de discípulos no queda ninguna huella. Estás solo en la fría oscuridad del sepulcro. Sus entrañas te cobijan y guardan. Para quien supo despertar admiración es un triste y trágico final.
Delante del sepulcro no hay voces pidiéndote un favor. No hay manos que se extienda para llamar tu atención. Solamente corre una brisa fuerte que dice que lo tuyo ha llegado a su final. Lo preveías, lo anunciaste, lo buscaste y lo viviste sin ninguna queja.
Es tu último gesto de amor por nosotros. No te guardaste nada. Todo lo diste y, por ello, ahora te acompaña el vacío de la soledad y la nada.
Una absurda esperanza me lleva a estar, aquí, ante tu sepulcro lleno de silencio, oscuridad y sin sentido. ¿Es tu final? ¿Hay algo más que podamos esperar? Aquí estoy.
Sábado 04 de Abril, 2026 110 vistas