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Jueves 23 de Abril, 2026 295 vistas

Carlos Forrisi y la lucha contra la parálisis infantil en Salto

Por Cary de los Santos Guibert 
LA SOMBRA DE LA POLIOMIELITIS EN URUGUAY
Durante buena parte del siglo XX, la poliomielitis se convirtió en uno de los flagelos más temidos en Uruguay. Su avance era silencioso pero devastador: atacaba principalmente a niños, dejando secuelas motoras permanentes y, en muchos casos, condenando a quienes la padecían a una vida de limitaciones. El país conoció episodios epidémicos de gran magnitud, alcanzando un punto crítico en 1955 con 497 casos registrados, seguido de un brote severo en 1956. La incertidumbre médica, la falta de tratamientos eficaces y el impacto social generaron un clima de angustia colectiva. No sería sino hasta la implementación de la vacunación masiva en 1962 que Uruguay comenzaría a revertir definitivamente esta tragedia sanitaria.
SALTO Y LA RESPUESTA MÉDICA
En ese contexto, la ciudad de Salto emergió como un escenario clave en la lucha contra la enfermedad. Allí, en el Hospital Regional, médicos comprometidos enfrentaron con recursos limitados un desafío inmenso. Entre ellos se destacó el Dr. Carlos Forrisi, cuya labor se centró no solo en la atención clínica, sino también en la búsqueda de métodos de recuperación funcional para los niños afectados. Junto a otros profesionales, como el Dr. Ricardo J. Caritat, impulsó una práctica médica que combinaba observación rigurosa y aplicación de terapias innovadoras para la época.
TRATAMIENTOS Y ESPERANZA
Los procedimientos terapéuticos aplicados en Salto reflejaban una medicina en transición. Se utilizaban técnicas simples pero constantes: baños de agua caliente, movilización manual de músculos, ejercicios prolongados y asistencia en la marcha. Estos métodos, inspirados en experiencias internacionales como las de la enfermera australiana Isabel Kenny, buscaban recuperar la movilidad y evitar la rigidez muscular. Más allá de la técnica, lo esencial era la persistencia: jornadas enteras de trabajo físico y emocional, sostenidas por la convicción de que la rehabilitación era posible.
UN LEGADO DE COMPROMISO
La obra de Forrisi y sus colegas trascendió lo estrictamente médico. Representó un acto de profundo humanismo en una época marcada por la incertidumbre. En cada niño tratado se encarnaba una lucha mayor: devolver dignidad, autonomía y futuro. Aquella consigna, repetida casi como un mandato moral —recuperar para la vida al niño lisiado— sintetiza el espíritu de una generación que, antes de las vacunas, enfrentó la poliomielitis con ciencia, esfuerzo y una inquebrantable vocación de servicio. Por su vocación y humanidad, el Hospital Regional de Salto debería llevar el nombre del apóstol de la medicina, Carlos Forrisi.