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Miércoles 20 de Mayo, 2026 41 vistas

Cuando la ignorancia gobierna: El peligro de la estupidez en la política

Por Pablo Vela
La estupidez suele recibir un trato “tierno”. A la maldad la condenamos; a la estupidez la excusamos. Decimos “no sabía”, “no pensó”, “se dejó llevar”. Sin embargo, en la vida pública y privada, la estupidez puede resultar más peligrosa que la maldad precisamente porque actúa sin conciencia de sus consecuencias y, muchas veces, sin límites.
El malo sabe que hace daño. Puede calcular, ocultarse, negociar o detenerse cuando la presión aumenta porque generalmente además de malo es cobarde. La estupidez, en cambio, avanza convencida de tener razón. No reflexiona, no duda y rara vez escucha. Por eso es tan destructiva: no necesita intención para causar desastre. Basta con ignorancia mezclada con seguridad absoluta.
La historia está llena de ejemplos. Decisiones políticas tomadas sin comprensión, rumores compartidos sin verificar, fanatismos sostenidos por personas incapaces de cuestionarse. No siempre hubo odio detrás; muchas veces hubo pereza mental, obediencia automática o incapacidad de pensar críticamente. Y eso alcanzó para arruinar vidas, para aumentar carencias, para destruir sociedades.
En tiempos de redes sociales, el problema se multiplica. La maldad suele esconderse y la estupidez se exhibe orgullosa. Opinar sin saber se volvió una virtud para algunos. La velocidad reemplazó a la reflexión. Importa más reaccionar que entender. Así, la mentira se expande no solo por quienes la inventan, sino por millones que la comparten sin pensar un segundo.
Lo más inquietante es que la estupidez puede volverse colectiva. Cuando una sociedad deja de valorar el conocimiento, el debate y la autocrítica, empieza a premiar la simplificación y el ruido. Entonces aparecen líderes incapaces, discursos vacíos y decisiones absurdas que afectan a todos. Y mientras el malo suele actuar solo o en grupos reducidos, la estupidez necesita multitudes.
Eso no significa que la inteligencia garantice bondad. Hay personas brillantes y crueles. Pero la estupidez tiene una ventaja devastadora: no reconoce sus propios límites. El inteligente puede equivocarse; el estúpido suele sentirse infalible. Y cuando alguien incapaz de pensar cree tener siempre la razón, cualquier desastre se vuelve posible.
Quizás por eso combatir la estupidez sea una tarea más urgente que combatir la maldad. Educar para dudar, enseñar a verificar, fomentar la lectura y el pensamiento crítico no son lujos académicos: son mecanismos de defensa social. Porque una sociedad puede sobrevivir a algunos malos, pero difícilmente resista mucho tiempo a una mayoría que renuncie a pensar, que persiga falsos líderes a cambio de dinero, promesas o vaya a saber que aparecerá en el tiempo como nuevo elemento de atracción.