Por Pablo Vela
En política, la palabra debería ser un contrato moral. No con tinta ni firma, sino con algo mucho más frágil y más difícil de recuperar cuando se rompe: la confianza pública. Sin embargo, hoy en día, cumplir lo prometido parece haber pasado a ser un lujo, no una obligación.
Hoy vemos dirigentes que olvidan sus compromisos incluso antes de asumir. Otros se refugian en argumentos técnicos para justificar promesas incumplidas, como si la ciudadanía no tuviera memoria. Pero la gente recuerda. Y el desencanto se acumula como una deuda que, tarde o temprano, termina por cobrarse.
No cumplir la palabra no solo erosiona la credibilidad del político; también daña a quienes hicieron posible su llegada. Porque ya no quedan caudillos, verdaderos líderes que solos podían acarrear la suficiente cantidad de voluntades como para lograr objetivos electorales. Los equipos, militantes, voluntarios y votantes que apostaron por un proyecto se sienten traicionados cuando descubren que aquello que defendieron en la calle, en redes o en debates, se diluye al primer choque con la realidad del poder.
La decepción de quienes te ayudaron a llegar es particularmente devastadora porque no es una crítica externa: es la pérdida de tu propio soporte moral, de tu sostén político, de tu identidad.
O la del que te da un espacio para que te hagas conocer porque carecías de conocimiento público y carisma para que luego abandones el proyecto del que empujaron todos para transformarlo en algo personal, olvidando el departamento.
Y la consecuencia no es únicamente emocional. Cuando los políticos defraudan a su base, pierden algo esencial para gobernar: legitimidad. Un liderazgo sin legitimidad se vuelve frágil, reactivo, incapaz de movilizar voluntades. Un dirigente que no cumple su palabra empieza a gobernar en soledad, rodeado de silencios incómodos y apoyos tibios. La crítica ya no viene de afuera, sino de quienes deberían defenderte.
La política, como toda relación humana, funciona sobre la premisa de la coherencia. Las sociedades toleran errores, pero no la sensación de que fueron usados.
Un político puede equivocarse y rectificar, pero no puede traicionar sin pagar un precio. Porque cuando se pierde la palabra, no solo se pierde una promesa: se pierde el vínculo con la gente. Se pierde la confianza, se pierde ese defensor que incluso se convierte en un débil observador que subraya o enfatiza en los errores y ¿eso está mal? No, porque busca lo mejor para el departamento en nuestro caso.
Quizá por eso, en tiempos de tanta volatilidad, cumplir la palabra se ha vuelto una forma revolucionaria de hacer política. En un ecosistema donde todo se relativiza, la coherencia es un acto de valentía. Y, paradójicamente, también es la mejor estrategia: porque la confianza no se compra, no se improvisa y no se recupera cuando se ha roto demasiadas veces.
El político que honra su palabra construye algo que ninguna campaña puede fabricar: credibilidad. Y eso, en el largo plazo, es lo único que realmente sostiene el poder y con el poder, la posibilidad de mejorar la calidad de vida de la ciudadanía a través de políticas sociales, obras, cultura, turismo, deporte, etc. que deriva en trabajo.