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¡Dios se tomó licencia y la sociedad de la barbarie!

Esta semana hubo señales. Un crucifijo gigante desprendiéndose de la pared en plena liturgia, cae en la cabeza del cura que daba la misa, provocándole su muerte automática, y todo quedo grabado, hasta los gritos: “¡padre, padre, padre… llamen una ambulancia!”. El diagnóstico del cáncer del Papa y sus posibles suspensiones de giras mundiales, cáncer que fue vaticinado por un cineasta uruguayo hace 10 años atrás quedando grabado en su película, donde decía: “el Papa León XIV ha muerto producto de su cáncer”, cuando era imposible saberlo. Como si estas señales místicas fueran pocas, el Dios judeocristiano sobre el que se cimentó la civilización de Occidente y que moldeó nuestros valores e instituciones, sufre en Europa el desplazo y avance implacable de otro Dios: Alá.

En 1989, el historiador José Pedro Barrán publicó una obra monumental en dos tomos para explicar la matriz cultural de Uruguay. En el primero, dedicado a La cultura "bárbara", analizó una sociedad atravesada por el juego pasional, el culto a la violencia, el exceso, la vivencia impúdica del cuerpo y una relación cotidiana, casi festiva, con la muerte. Para salir de ese estado de violencia estructural y desorden, el Uruguay buscó desesperadamente "civilizarse", proceso que Barrán documenta en su segundo tomo sobre El disciplinamiento. El faro indiscutido de esa transformación fue Francia. Nos inspiramos en su modelo burgués, la majestuosidad de su arquitectura, la agudeza de su filosofía, la solidez del Código Civil Napoleónico y un concepto de república laica que más tarde consolidaría José Batlle y Ordóñez. Hoy, sin embargo, esa grandeza francesa que sirvió de molde para el progreso uruguayo se encuentra en abierta decadencia, jaqueada en sus propias bases por las fuerzas inmigrantes árabes que ella misma albergó durante décadas.

Lo que presenciamos esta semana en Europa es el comienzo de aquella profecía que desde el mundo islámico se proclamó a viva voz: “destruiremos al mundo occidental sin derramar una gota de sangre”. La estrategia funcionó, bastó que grupos musulmanes emigraran al occidente y comenzaran a tener varios hijos, multiplicando la tasa de natalidad europea, asistir a sus escuelas, universidades, construyeron mezquitas, al ser muchos se metieron en política y ganaron terreno, y de apoco fueron adoctrinando a cerebros del primer mundo rezagados, siendo su caldo de cultivo esos jóvenes blancos, resentidos, frustrados por la vida y de izquierda.

Como en su momento intuyó Jorge Batlle y más recientemente denunció Javier Milei hace dos años, que este avance ideológico opera ante la mirada tibia de un continente paralizado. Hoy Francia, Italia y España sufren la quema de sus iglesias, monumentos históricos y comercios de trabajadores que intentan defender lo suyo frente a las turbas de extrema izquierda y con la cabeza lavada por el islam. El absurdo de la incoherencia ideológica se ve en varios escenarios, por ejemplo el célebre actor, que reconozco que me gustan sus actuaciones, Javier Bardem, desde sus mansiones capitalistas y las alfombras rojas aplaude a los grupos violentos de jóvenes; otra: ver al colectivo LGTB con banderas palestinas  cuando la homosexualidad está penada a 10 años de prisión en ese país, o cuelgan a los gais en grúas y en plaza públicas; o  que a las mujeres le tiran asido en la cara o la apedrean si no usan velo, habla de un insólito lavado de cabeza.

La paradoja no puede ser más cruda. El Uruguay tras un siglo intentando superar aquella "cultura bárbara" descrita por Barran, mediante el disciplinamiento, la educación y el espejo francés. ¿Uruguay corre el riesgo de ser arrastrado a esa cultura bárbara?; no lo sé, pero  confiemos en que el Dios judeocristiano interrumpa sus vacaciones y regrese pronto a su trabajo, no sea cosa que al volver descubra que Alá ya le cambio todas las cerradura de sus despachos.