Por el Padre Martín Ponce de León
Muchas veces nos hemos planteado, luego de encontrarnos con diversas realidades, qué podemos hacer, desde nuestra condición de cristianos, por ellos. Siempre llegamos a la conclusión de que lo que está a nuestro alcance es la cercanía. Una cercanía que se hace acompañamiento, escucha o mano tendida.
Últimamente se venían dando casos de niños recién nacidos y de situaciones muy particulares para cada uno de ellos. Situaciones que superaban nuestras posibilidades, pero que cuestionaban nuestra condición. Fue, así, que conversando con una persona con quien realizamos los encuentros con esas situaciones, le sugerí que podíamos plantearles la oferta del bautismo de esos niños.
Debo confesar que nunca se me había ocurrido que dicho planteo iba a ser tomado con tanta aceptación y deseo. Supuse que, ante el planteo, iban a surgir dificultades o cuestionamientos. Pero el planteo fue aceptado inmediatamente y con alegría.
Lo conversé con la autoridad responsable y, luego de entender mi planteo, me sugirió que lo podía realizar en alguna capilla cercana y que me hiciese cargo de dicha celebración.
Casi inmediatamente teníamos una lista de nueve niños y una lista interminable de situaciones complejas propias de las gentes de nuestras recorridas. Solamente quedaba fijar un día y un lugar, y ello, se resolvió sin mucho inconveniente.
Todo hacía suponer que sería una instancia muy particular. Mucha cultura religiosa no se podía esperar. Mucha cultura social no se podía esperar. Todo hacía suponer sería una instancia medio caótica en cuanto a barullo y comportamiento. La realidad me mostró otra cosa. Todo fue dentro de un clima de mucho respeto y silencio.
La celebración fue lo más sencilla posible puesto que todo indicaba que así debía realizarse. Por cantidad de bautizados y por condiciones de los presentes.
Una vez concluida la celebración se pasó a la otra celebración que era una suerte de compartida con algunos alimentos. Bebidas, pizzas, tortas de fiambres y bizcochos. Los mismos iban desapareciendo, rápidamente, aunque con mucho orden. No había ni peleas ni gritos, quizás porque estaban demasiado ocupados con la comida.
Hasta los chicos del barrio, que jugaban al fútbol junto a la capilla, se acercaron a servirse comida con mucho respeto y sin crear ningún tipo de problema. Parecía que ellos, también, eran parte de la celebración puesto que se acercaron y sirvieron con tranquilidad y moderación.
Al finalizar el día quedaba resonando, en mi interior, lo que habíamos tenido la oportunidad de vivir y ello era, sin duda, una dulce sensación.
Todas las semanas vamos al encuentro de sus realidades y les dejamos, de lo que se puede, algo para que se ayuden a enfrentar sus necesidades con alguna ayuda más. Esta semana nos encontramos con ellos para dejarles lo mejor y lo máximo que está a nuestro alcance. Les dejamos a nueve de sus niños hechos hijos de Dios mediante el sacramento del bautismo.
Les dejamos a Dios siendo parte de nueve de los niños de sus familias. ¿Qué más podíamos obsequiarles? Ya no les dejamos algo de lo que se puede, sino que les dejamos lo más grande que estaba a nuestro alcance y lo hicimos con muchísimo amorya que son parte de una realidad que conocemos, forma parte de nuestra vida y le tenemos cariño.
En mi interior experimentaba a Jesús sonriendo y estirando los brazos para abrazar a cada uno de esos niños mientras decía: "Dejad que estos niños vengan a mí".