Pasar al contenido principal
Jueves 14 de Mayo, 2026 27 vistas

El arte de saber frenar a tiempo

Por Alexandra Ledesma
Socióloga y Educadora Sexual
Hay momentos en los que sentimos que algo nos toma por completo. Una palabra, un gesto, un silencio, una mirada. Y de golpe estamos reaccionando, antes de siquiera entender que pasó. Puede que aparezca la mala contestación cual catarata, por ahí lloramos, por ahí huimos, atacamos, o decimos cosas hirientes de las que después es difícil volver. 
Muchas veces repetimos y actuamos de acuerdo a la frase más vieja e irresponsable que existe, “yo soy así, impulsivo/a, irracional, no puedo cambiar”. 
Pero la realidad es que ninguna reacción nace de la nada, siempre hay algo detrás, miedos, heridas viejas sin sanar, necesidad de control, o simplemente una emoción que pide a gritos nuestra atención. 
El problema no es sentir, el problema está en actuar desde el impulso, sin espacio entre eso que sentimos y lo que decimos o hacemos. Porque es en ese instante que no elegimos, solo se dispara el automático. 
La impulsividad es en realidad un mecanismo de defensa, el cuerpo interpreta peligro, un alud emocional que solo nos aplasta, no nos deja pensar, no habilita la coherencia. ¿El objetivo? Una resolución rápida, por eso la respuesta es inmediata, sea defendernos, huir, explotar o simplemente callar. El cerebro emocional toma el control de nosotros por encima de toda idea racional. 
Aprender a gestionar las reacciones no significa convertirse en una persona fría, callada y calculadora, significa desarrollar la capacidad de sostener una emoción sin que esa emoción nos maneje a nosotros y a toda la situación. 
Y aunque estén pensando en este momento que estoy loca por decir esto, es posible su   entrenamiento. 
El primer paso es reconocer las señales previas, porque sabemos que nadie pasa de 0 a 100 en segundos, antes, el cuerpo avisa, se acelera la respiración, se tensa la mandíbula, nos sube calor, ansiedad, comenzamos a sentir un nudo en el pecho, o ganas incontenibles de responder. Ahí está la clave, poder detectar este momento previo. 
Cuando eso pasa, pueden probar ejercicios simples que ayudan mucho, y aunque simple no significa fácil, si se practican, funcionan. 
Uno de ellos, y muy utilizado, es intentar retrasar la reacción, intentar no responder enseguida, sea en persona o por mensajes, esto evita hablar desde el enojo. Darle al cerebro minutos para salir del modo amenaza, y es que a veces una pequeña pausa de pocos minutos, evita una pelea de días. 
Otro ejercicio es preguntarse, ¿que siento realmente? Porque puede que el enojo solo sea un disfraz de otra emoción, tristeza por ejemplo. O detrás de la agresividad, el miedo. Y entender, que detrás de ciertas reacciones hay una herida que no le pertenece al presente. 
También es de gran ayuda cambiar el foco en vez de cuestionarnos ¿porque me hizo esto? Preguntarnos ¿porque me impacta tanto?, es una pregunta que incomoda, es verdad, pero nos permite conocernos. 
Otra técnica es bajar la velocidad del cuerpo, respirar hondo y lento, tomar agua, mirar un punto fijo, apoyar los pies al suelo, todo esto parece algo sin importancia, pero la relajación del cuerpo relaja la mente, si el cuerpo puede bajar la intensidad, las reacciones también pueden hacerlo. 
Algo de suma importancia es entender que la inmediatez no es la mejor herramienta para gestionar picos emocionales. No todo se tiene que resolver ya! No todo requiere una respuesta urgente. A veces el mayor acto de madurez emocional es saber esperar al momento justo. 
Y que quede claro, gestionar no es reprimir, no estoy diciendo que es preferible no expresarse, digo que lo mejor es darse espacio para sentir, entenderlo, y recién ahí decidir cómo actuar. 
Hay que evitar la descarga, no la expresión, puedo expresar lo que siento sin la necesidad de destruir vínculos ni a nosotros mismos.