Por Pablo Vela
Hay respuestas que, más que aclarar, delatan. Las reacciones a la declaración de Marcelo Malaquina insisten en palabras grandes: “abandono”, “falta de diálogo”, “irse”. Términos cargados, pensados para impactar. Pero hay un problema básico, casi elemental: para abandonar, primero hay que haber estado. Para reclamar diálogo, primero hay que haber dialogado. Para hablar de irse, primero hay que haber sido parte.
Y ahí es donde el relato hace agua.
Porque seamos sinceros, no hubo participación genuina de quien hoy expresa con estricta justicia que se diferencia de la manera de conducir el departamento.
Lo más llamativo no es solo la inconsistencia, sino la impunidad con la que se sostiene que hoy se abandona, que hoy se pone piedras en la construcción de un “futuro”. Se habla como si la memoria fuera corta o como si nadie fuera a señalar lo evidente. Pero detrás de esa soltura hay algo más profundo: la necesidad de cumplir. Cumplir con un cargo, o con la promesa de uno. Cumplir con alineamientos que poco tienen que ver con convicciones y mucho con conveniencias.
Ahí aparece una de las peores versiones de la política: la del “yo”. La del posicionamiento personal por encima de cualquier proyecto colectivo. La del cálculo permanente, donde cada palabra no busca construir sino ubicarse mejor en el tablero. Es la política entendida como oportunidad individual, no como herramienta común.
Y es, también, la que más daño hace.
Porque mientras se discute en esos términos, se vacían de contenido conceptos que deberían ser centrales. El diálogo se transforma en una excusa retórica. La participación, en un slogan. El compromiso, en una pose. Todo se vuelve intercambiable, superficial, funcional a quien mejor administre su lugar.
Por eso, más que responder a cada acusación puntual, vale la pena marcar el punto de partida: no se puede reclamar lo que nunca se ejerció. No se puede denunciar la falta de algo que nunca se intentó construir. Y, sobre todo, no se puede seguir naturalizando esta lógica sin hacerse cargo de sus consecuencias.
Si de verdad se quiere otra política (una que valga la pena sostener) hay que empezar por algo bastante menos grandilocuente y bastante más incómodo: asumir dónde se estuvo (y dónde no), qué se hizo (y qué no), y desde qué lugar se habla. Todo lo demás es relato.
Y de ese, ya hay demasiado.
Miércoles 22 de Abril, 2026 569 vistas