Por el Padre Martín Ponce de León
Los relatos evangélicos no hacen mención a ello, pero, sin lugar a dudas, Jesús, en más de una oportunidad, debe de haber acudido a Betania. Allí estaba la casa de Lázaro, Marta y María.
Era su oasis de amistad, paz y reposo para sus días cargados de actividades varias. Sus jornadas deben de haber sido muy agotadoras puesto que desbordadas de reclamos.
Una de las mayores ocupaciones era, para Jesús, atender las solicitudes de sanación. Dicen los relatos evangélicos que reunían a los enfermos en las plazas para que Él los sanase. Sin duda que tal actividad, viendo el actuar de Jesús, no debe de haber sido un simple pasar junto a ellos, sino que implicaría una atención particular para con cada uno de ellos.
Tal cosa debe de haber implicado un derroche de atención y energía que lo debía dejar agotado, pero muy dichoso. A más de ello hay que añadir la conversación personalizada con enfermos y familiares. Jesús no hacía las cosas rutinariamente. Todo ello reiterado en oportunidades debe de haber significado un desgaste interior que gastaba su fortaleza. Luego de varias jornadas de intensa actividad, Jesús y su grupo, necesitaban un descanso reponedor de energías.
Dicho descanso lo vivían en Betania, en la casa de sus amigos. Estar allí, no implicaba muchas exigencias ya que, únicamente, iría en busca de un algo de paz y de mucha amistad.
Allí no encontraba ni exigencias ni reclamos. No necesitaba de muchas palabras ya que propenso a escuchar y disfrutar. Escuchar relatos de vivencias cotidianas y de situaciones que le permitían sonreír y disfrutar.
Disfrutaría a Marta y su actividad incesante en la finalidad de atender, debidamente, a aquel grupo humano que iluminaba su casa. Preparar algo de comida y alguna bebida para que, siempre estuviesen recuperando fuerzas. Disfrutaría viendo a María con su sed de escucha, ya que no desperdiciaba ninguna de las palabras pronunciadas por Jesús. Eran pocas las palabras que pronunciaba Jesús en aquel lugar, pero ellas eran más que suficientes y reconfortantes para aquella mujer sedienta de ellas y de amistad. Disfrutaría observando a Lázaro compartiendo anécdotas con susdiscípulos y estando pendiente de que nada irrumpiese en la paz que Jesús buscaba en aquel lugar.
Jesús no se cobijaba, en aquella casa, por muy largo tiempo. Sus visitas, siempre, eran fugaces pasajes. Lo suficiente para recargar energías en su recorrer caminos. Lo suficientemente breves como para que quedasen con ganas de una estadía más prolongada.
Así como uno puede suponer la alegría de cada llegada de Jesús y su grupo a aquella casa, uno puede suponer lo que serían las despedidas. Agradecimientos, invitaciones a regresar pronto, la convicción de que la amistad se fortalecía luego de cada visita.
Una de las cualidades de Jesús era, sin duda, el no dejar indiferente a la realidad donde se presentaba. En aquella casa, la amistad no quedaba indiferente. Crecía, se profundizaba, se fortalecía. Aquella casa era un trozo de Reino donde Jesús reponía fuerzas y solidaridad.
Jesús, que era un cultor de la amistad, debe de haber encontrado, en Betania, una referencia concreta de lo que proclamaba y auguraba como modelo de un mundo mejor.
Betania era, para Jesús, mucho más que un lugar. Era un trozo de la mano de Dios que se hacía cercanía, consuelo, fortaleza y paz. Betania era un espacio donde se respiraba amistad, respeto, aceptación y amor hecho aceptación.
Para Jesús, Betania era, un reconfortante trozo de la “Casa del Padre” allí en su tierra.
Sábado 04 de Julio, 2026 77 vistas