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Miércoles 13 de Mayo, 2026 222 vistas

¿En qué momento dejamos de escuchar?

Por Carlos Silva
Vivimos en una época donde sobran las palabras, pero cada vez faltan más las conversaciones verdaderas. Una época donde todos tenemos algo para decir, una opinión para defender o una respuesta inmediata para dar. Sin embargo, en medio de tanto ruido, pareciera que lentamente estamos perdiendo algo esencial para cualquier sociedad: la capacidad de escucharnos.
Y escuchar no es solamente oír. Escuchar es detenerse un momento para intentar comprender al otro, aunque piense distinto. Escuchar es darle valor a una mirada diferente sin transformarla automáticamente en un enemigo. Escuchar es entender que nadie tiene la verdad absoluta y que muchas veces las mejores soluciones nacen justamente del intercambio respetuoso de ideas.
Quizás por eso la pregunta empieza a aparecer cada vez con más fuerza: ¿en qué momento dejamos de escuchar? ¿En qué momento comenzamos a hablar solamente para responder y no para comprender? ¿Cuándo nos acostumbramos tanto al enfrentamiento permanente?
Lamentablemente, el clima que hoy vivimos parece ir en ese sentido. La agresividad verbal, la intolerancia y la necesidad constante de imponer una posición se han instalado en muchos ámbitos de nuestra vida cotidiana. Lo vemos en la política, en las redes sociales, en los medios de comunicación e incluso en situaciones simples de convivencia diaria.
Muchas veces discutimos no para entender, sino únicamente para ganar una discusión. Se perdió la pausa. Se perdió la reflexión. Y, sobre todo, se fue perdiendo la capacidad de aceptar que alguien piense distinto sin que eso implique una ruptura, una descalificación o un enfrentamiento.
Uruguay siempre fue un país que se caracterizó por una fuerte cultura democrática y de convivencia. Un país donde el diálogo tenía un enorme valor. Donde podían existir diferencias políticas profundas y aun así mantenerse el respeto personal. Donde el vecino seguía siendo vecino más allá del voto que colocara en la urna.
Y ese clima social termina generando cansancio. Porque una sociedad donde nadie escucha se vuelve una sociedad más enojada, más ansiosa y más fragmentada. Quizás por eso muchas personas sienten hoy una enorme soledad aun estando rodeadas de gente. Porque hablar no siempre significa comunicarse.
También en la política deberíamos reflexionar sobre esto. La democracia necesita debate, por supuesto. Las diferencias son sanas y necesarias. Pero cuando la política se transforma únicamente en confrontación permanente, la sociedad termina agotándose. El ciudadano común no espera dirigentes que vivan peleando todos los días; espera personas capaces de dialogar, acordar y buscar soluciones.
Tal vez haya llegado el momento de recuperar algunos valores simples que nunca debimos perder. Volver a conversar más y discutir menos. Volver a mirar a los ojos. Volver a entender que detrás de cada opinión hay una historia, una preocupación, una experiencia de vida.
Uruguay necesita volver a escucharse. Porque ninguna sociedad puede construir futuro desde el grito permanente, la descalificación o el enojo constante. Los países salen adelante cuando logran encontrar puntos de encuentro aun en medio de las diferencias.

Y quizás la salida empiece justamente ahí: en volver a escuchar antes de responder.