CMC Agencia Digital
Hace unas semanas, en Montevideo, Agesic y Ceibal hicieron sus Jornadas de Ciudadanía Digital, dedicadas este año a los niños y adolescentes frente a la inteligencia artificial. El lema me quedó dando vueltas: "Cuando la IA parece entenderte". La palabra importante es "parece". Ahí está la trampa, y no la tienen que ver primero los chicos. La tenemos que ver los grandes.
Pensá en un niño entre treces y quince años acá en Salto. Se peleó con un amigo, le fue mal en un escrito, le gusta alguien y no sabe cómo encararlo. Antes, esperábamos el momento adecuado para hablar con ese amigo que nos daba el empujón a encarar la situación, pero ahora a las doce de la noche no le va a escribir a la madre si es introvertido, un poco más difícil aún.
Pero tiene en el celular algo que contesta siempre, a cualquier hora, que nunca se cansa, que no lo reta, que no le cuenta a nadie y que le habla con una paciencia que ningún adulto tiene a esa hora. Es fácil entender por qué le cuenta cosas. Yo, a esa edad, también lo hubiera hecho.
El problema no es que la IA sea mala. El problema es cómo está hecha. En esta columna ya conté que la IA no sabe decir "no sé": prefiere inventar una respuesta antes que admitir que no tiene idea. Hoy agrego la otra mitad: tampoco le gusta decirte que no. Estas herramientas están pensadas para que la conversación te resulte agradable, y lo agradable casi siempre es darte la razón. Si el gurí le cuenta su versión de la pelea, la máquina le va a encontrar argumentos. No porque él tenga razón, sino porque es la única versión que escuchó.
Un amigo de verdad no haría eso. Un amigo te dice "pará, creo que te pasaste". Una madre te dice que no. Un abuelo te cuenta que a él le pasó lo mismo y cómo le fue.
Esas respuestas incomodan, y por eso sirven. Lo que nos forma no es que nos den la razón: es que alguien que nos quiere nos lleve la contraria a tiempo. Una herramienta que nunca te contradice puede ser muy útil para hacer los deberes. Como consejera para la vida, es un espejo que te devuelve lo que ya pensabas.
¿Qué hacemos entonces? Prohibir no sirve: el celular está en la mochila, en la casa del amigo y en el ómnibus. Lo que sí sirve es meterse. Pedile a tu hijo que te muestre cómo la usa, sin interrogatorio y sin cara de susto. Hagan juntos una prueba: cuéntenle a la IA una situación donde claramente uno tiene la culpa, contada desde el lado del culpable, y vean si se anima a decírselo. Fíjense cuántas veces termina dándole la razón al que pregunta. Esa prueba de diez minutos enseña más que cualquier sermón, porque el chico lo ve con sus propios ojos.
Y una regla simple para la casa: la IA para lo que se busca, las personas para lo que duele. Para entender un tema de matemática, ordenar un trabajo o practicar inglés, adelante. Para lo que le pesa, lo que lo angustia o lo que le da vergüenza, que sepa que del otro lado hay alguien de carne y hueso dispuesto a escuchar. Eso no lo decide la máquina. Lo decidimos nosotros, con la puerta que dejamos abierta.
Uruguay hace años que es ejemplo por llevar la tecnología a las aulas, y está bien que así sea. Pero el Plan Ceibal le dio a cada chico una computadora; ningún plan le va a dar a cada chico un adulto que le pregunte "¿y a vos qué te pasa?". Esa parte sigue siendo de la familia, los amigos. La inteligencia artificial puede parecer que te entiende. Que alguien te entienda de verdad, todavía, depende de nosotros.