Por Candela Rechac
Licenciada en
Fonoaudiología
Centro Integra Salto
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En muchas casas la escena se repite: un niño pequeño mira dibujos en una pantalla mientras los adultos aprovechan para cocinar, trabajar o simplemente descansar unos minutos. Las pantallas forman parte de nuestra vida cotidiana y bien utilizadas, pueden ser una herramienta útil de entretenimiento e incluso de aprendizaje. Sin embargo, cuando pensamos en el desarrollo del lenguaje, hay algo importante que conviene recordar: escuchar palabras no es lo mismo que participar de una conversación.
Los niños aprenden a hablar a través de la interacción humana. Desde los primeros meses necesitan que alguien responda a sus balbuceos, mire aquello que señalan, nombre lo que observan, espere su turno y les dé tiempo para intentar comunicarse. Ese intercambio, aparentemente simple, es uno de los motores más poderosos del desarrollo del lenguaje.
Una pantalla puede mostrar canciones, colores, animales o números, pero no responde cuando el niño intenta decir algo. No adapta el mensaje a sus intereses, no interpreta sus gestos ni construye un diálogo compartido. Por eso, el punto central no es solo cuántas horas de pantalla utiliza un niño, sino qué experiencias está dejando de tener mientras la usa.
Esto no significa que las familias deban sentirse culpables cada vez que recurren a un dibujo animado o a un video. La realidad actual hace que muchas veces las pantallas sean un recurso disponible y necesario. El problema aparece cuando comienzan a ocupar el lugar de actividades fundamentales para el desarrollo: jugar, conversar, escuchar cuentos, cantar, hacer preguntas y compartir momentos cotidianos.
Algunas señales que pueden llamar la atención son:
• Poca iniciativa para comunicarse;
• Escaso interés por los juegos compartidos;
• Dificultad para mantener intercambios con otras personas;
• Necesidad constante de estímulos audiovisuales para entretenerse;
•Desarrollo del lenguaje más lento de lo esperado para la edad.
Frente a esto, pequeñas acciones diarias pueden marcar una gran diferencia. Hablar durante el baño, comentar lo que vemos en la calle, cocinar juntos, leer un cuento antes de dormir o simplemente describir lo que el niño está haciendo son oportunidades valiosas para enriquecer su lenguaje.
Si se utilizan pantallas, una buena estrategia es acompañarlas: mirar el contenido junto al niño, hacer comentarios, preguntar qué está ocurriendo, relacionarlo con experiencias reales y favorecer que participe activamente en lugar de permanecer como espectador pasivo.
En fonoaudiología vemos con frecuencia que los avances más significativos no dependen de materiales costosos ni de aplicaciones sofisticadas. Muchas veces comienzan con algo mucho más sencillo: un adulto disponible para escuchar, responder y compartir una conversación.
Porque, aunque la tecnología avance y las pantallas cada vez hablen más, el lenguaje sigue creciendo, sobre todo, en el encuentro con otro que mira, espera y conversa.