La Iglesia nos presenta una importante cantidad de personas a las que, por su estilo de vida y virtudes, las ha declarado "santos" y, por lo tanto, motivo de veneración y culto.
Entre esas personas podemos encontrarnos con seres que ejercieron diversas actividades y responden a los más variados tiempos de la humanidad. Dichas personas, así expuestas, no tienen como finalidad otra cosa que mostrarnos que siempre es posible llegar a la santidad. Esto no quiere decir que las únicas personas que logran llegar a la santidad son aquellas que, oficialmente, la Iglesia proclama como tales.
Cuando algún grupo desea promover la santidad de alguien se inicia un largo camino de consultas, estudios, testimonios y análisis que pueden, o no, concluir en una declaración de santidad. Es indudable que esto sucede con, únicamente, algunos muy pocos y muy destacados. La gran mayoría no transitan por ese camino, aunque, sin lugar a dudas, llegan a la santidad oficial, pero sí a la santidad.
Desde el día de nuestro bautismo asumimos vivir un estilo de vida que nos conduce a la santidad: el estilo de vida que Jesús nos propone. Por ello es que, con verdad, podemos decir que nuestra vocación es a la santidad.
En mis tiempos de adolescente había unas revistas que se llamaban "Vidas ilustres" (que trataban la vida de diversos personajes de la historia) y "Vidas ejemplares" (que trataban la vida de diversos santos). Cuando uno leía, sobre todo, las últimas se encontraba con personas dotadas de tantas cualidades que, evidentemente, no podían ser otra cosa que santos o santas. Parecía como que estaban destinados a ello. Eran seres que no tenían defectos ni cometían errores y uno terminaba con la idea de que la santidad era para algunos seres muy, pero muy, especiales.
Lo primero que se debe afirmar es que los santos son personas normales y, por lo tanto, con virtudes y defectos. Sí, personas normales que han sabido potenciar sus virtudes logrando, así, menguar sus defectos. Sí, personas normales que han hecho de su vida un intento permanente de coherencia con su opción por Dios y su Reino, desde la vivencia de Jesús.
Los santos son personas que no nacen santos, sino que tienen el coraje de construirse como santos por más que, hagan lo que hagan, no para ser santos sino porque es lo que deben hacer y como lo deben hacer. El santo no actúa en busca de un premio final sino en el intento de ser coherente con lo propuesto por Jesús que es quien nos conduce a Dios.
Podría decirse que la santidad dice de coherencia con el proyecto de Dios y con uno mismo. Ambas cosas se dan en uno mismo hasta hacerse unidad. Mientras lo nuestro es un prolongado intento lo de Dios y lo nuestro conviven en nosotros. La santidad llega cuando lo de Dios se hace lo nuestro y nos sabemos realizados como personas viviendo lo de Dios con naturalidad, alegría, gratitud y amor.
La santidad no es un algo que queda en nuestro interior, sino que es un desafío cotidiano a hacerla estilo de vida. La santidad es empeño en una tarea. La santidad es coraje para salir a la intemperie y compartir una opción de vida.
No hay santidad sin misión evangelizadora y, la misma, siempre comienza con la humanización de quienes comparten a nuestro lado. La santidad es vivir la vida según Jesús y ayudar a otros a que también lo intenten porque descubriendo que es posible.
La santidad es darse como y a quienes Jesús se dio. Por ello es que la santidad es compromiso que se hace tarea con y desde lo cotidiano.
Todo esto puede sonar a complicado o difícil, pero podríamos resumir todo en que la santidad es intentar vivir, cotidianamente, como Dios lo quiere.