Hay realidades que cuesta hablarlas. Situaciones que se repiten, comportamientos que nos sorprenden, reacciones desmedidas, silencios que preocupan y dolores que muchas veces se esconden detrás de una aparente normalidad.
Y mientras seguimos con nuestras rutinas, cumpliendo obligaciones, discutiendo cuestiones políticas, económicas o deportivas, algo mucho más profundo parece estar ocurriendo en nuestra sociedad.
Los uruguayos no estamos bien. O, al menos, demasiados uruguayos no están bien.
No hace falta observar únicamente las estadísticas, aunque estas merecen toda nuestra atención y respeto. Basta con mirar lo que sucede a nuestro alrededor.
En el deporte, donde la intolerancia, la agresividad y la incapacidad de aceptar una derrota parecen ganar terreno. En la política, donde el enfrentamiento permanente muchas veces sustituye al diálogo. En las redes sociales, donde el insulto, la descalificación y la crueldad se han naturalizado peligrosamente.
Y también en nuestras calles, similar, lo mismo.
No alcanza con campañas de sensibilización, con discursos institucionales o con recordar su importancia en determinadas fechas del calendario.
Necesitamos más profesionales, más espacios de escucha, más atención psicológica y psiquiátrica oportuna, más prevención y mayor presencia territorial. Necesitamos que acceder a un tratamiento no dependa exclusivamente de la capacidad económica de una persona ni de su posibilidad de esperar durante semanas o meses.
Necesitamos que la salud mental esté verdaderamente presente en las escuelas, en los liceos, en los clubes deportivos, en los lugares de trabajo, en los barrios y en cada espacio donde transcurre la vida de los uruguayos.
Porque muchas veces las personas no necesitan que alguien les diga que hacer. Necesitan, antes que nada, que alguien las escuche. Sin juzgarlas, sin minimizar lo que sienten, sin exigirles que sean fuertes todo el tiempo.
Nos acostumbramos a preguntar como está alguien y a recibir un automático "bien", incluso cuando sabemos que detrás de esa respuesta puede existir una realidad completamente distinta.
Hay personas que trabajan, estudian, sonríen, participan de actividades sociales y cumplen con todas sus responsabilidades mientras libran batallas internas que nadie imagina.
La salud mental no puede ser una preocupación secundaria dentro de las políticas públicas. Debe convertirse en una verdadera prioridad nacional, con presupuesto, planificación, equipos interdisciplinarios, descentralización y continuidad, independientemente de quién gobierne.
Pero tampoco podemos trasladar toda la responsabilidad al Estado.
Como sociedad necesitamos aprender a convivir con las diferencias y comprender que detrás de cada persona existe una historia que probablemente desconocemos.
Necesitamos menos condenas apresuradas y más disposición a escuchar. Menos exigencias de aparentar fortaleza y más libertad para reconocer nuestras propias fragilidades.
Cuidar la salud mental también implica revisar nuestras conductas, nuestras palabras y la manera en que tratamos a los demás.
Una sociedad no puede considerarse verdaderamente saludable si una parte importante de sus integrantes vive emocionalmente desbordada, sola o sin posibilidades reales de recibir ayuda.
Podemos mejorar indicadores económicos, inaugurar obras, discutir reformas y celebrar avances. Pero si mientras tanto seguimos perdiendo nuestra capacidad de escucharnos, acompañarnos y cuidarnos, algo esencial estará quedando por el camino.
Tal vez el primer paso sea reconocer, sin vergüenza y sin temor, que no siempre estamos bien.
El segundo, asumir que necesitamos hacer mucho más.
Y el tercero, probablemente el más difícil, comprender que el sufrimiento de los demás nunca debería resultarnos ajeno.
Porque, después de todo, ¿de qué sirve construir un país que avance, si no somos capaces de cuidar a las personas que viven en él?