Por el Dr. Gastón Signorelli
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En los últimos meses, artistas, escritores y creadores de todo el mundo han comenzado a dar batalla en los tribunales. El motivo es claro, el uso masivo de sus obras -imágenes, textos, música- para entrenar sistemas de inteligencia artificial, muchas veces sin autorización ni compensación.
El conflicto pone sobre la mesa una pregunta tan simple como disruptiva: ¿quién es el autor de lo que produce la inteligencia artificial?
Para responderla, conviene empezar por entender -aunque sea brevemente- cómo funcionan estas herramientas. Sistemas como ChatGPT, Gemini o Copilot no “piensan” ni “crean” en el sentido humano del término. Operan sobre modelos entrenados con enormes volúmenes de información; tales como libros, artículos, páginas web, contratos, imágenes y sonidos.
Su lógica no es la de la inspiración, sino la del cálculo. A partir de patrones, predicen cuál es la palabra -o imagen- más probable en un determinado contexto. No hay intención, experiencia ni subjetividad. En otras palabras, no hay autor en sentido jurídico.
Y este punto es clave.
El derecho de autor, tal como lo conocemos, se construyó sobre una premisa básica, el creador es una persona física. Es decir, alguien capaz de aportar originalidad a partir de su propia experiencia y voluntad.
Desde esa perspectiva, resulta difícil sostener que una máquina pueda ser titular de derechos. Pero tampoco es claro que quien la desarrolla o la entrena deba ser considerado autor de cada resultado que el sistema genera.
Así, nos encontramos ante una situación paradójica. Vivimos una explosión de contenidos producidos por inteligencia artificial que, en muchos casos, podrían quedar fuera del sistema tradicional de protección autoral.
Pero el problema no termina ahí.
Detrás de estos sistemas hay un uso intensivo de obras protegidas, muchas veces sin consentimiento de sus titulares. Y es allí donde se está dando -y probablemente se intensifique-el verdadero conflicto jurídico, no tanto en quién es el autor del resultado, sino en cómo se alimentan estas tecnologías.
La discusión está lejos de saldarse. Entre la necesidad de fomentar la innovación y la obligación de proteger los derechos de los creadores, el derecho enfrenta uno de sus desafíos más complejos en décadas.
La pregunta ya no es si la inteligencia artificial puede crear, sino si estamos preparados para regular sus consecuencias.
Jueves 09 de Abril, 2026 120 vistas