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Jueves 09 de Julio, 2026 20 vistas

La crisis también es parte del amor

Por Alexandra Ledesma
Socióloga y Educadora Sexual
Existe una ide que nos vendieron por mucho tiempo: las parejas felices no tienen crisis. Que cuando aparecen las discusiones, el silencio, el cansancio, la distancia o las dudas, es porque el amor se terminó. Como si una relación sana fuera aquella que vive sin conflictos, sin diferencias y sin momentos de incertidumbre.
Pero la realidad es bastante más humana. 
No existe una pareja que esté exenta de atravesar crisis. Cambian los motivos, la intensidad y la manera en que cada vínculo las enfrenta, pero forman parte de la historia de cualquier relación que se sostiene en el tiempo. 
Las crisis aparecen cuando la vida cambia. Cuando nace un hijo y la pareja deja de ser el centro. Cuando los hijos crecen y vuelven a quedar frente a frente dos personas que hace tiempo no se miraban con calma. Cuando el trabajo demanda más horas que antes, cuando aparecen dificultades económicas, una enfermedad, una pérdida, una mudanza o simplemente el desgaste de la rutina. También llegan cuando uno de los dos cambia, porque las personas evolucionamos constantemente. 
La expectativa de que la crisis no debe existir hace que muchas personas vivan cualquier dificultad como una señal de fracaso. Empiezan a preguntarse si eligieron mal, si el amor se acabó o si la separación es la única salida. Sin embargo, muchas veces lo que terminó no fue el amor, sino una forma de relacionarse que ya no alcanza para el momento que están viviendo, o la etapa de la relación en la que se encuentran. 
Las crisis tienen algo incómodo: obligan a detenerse. Nos enfrentan con conversaciones que venimos postergando, con necesidades que dejamos de expresar y con heridas que creíamos resueltas. Son momentos que incomodan, sí, pero también pueden abrir la puerta a cambios profundos si ambos están dispuestos a escuchar y a escucharse.
Escucho con frecuencia frases como: "Antes nos reíamos más", "Ya no tenemos tiempo para nosotros", "Solo hablamos de cuentas, de los hijos o de los problemas", "Siento que somos compañeros de casa, pero no pareja". Detrás de esas palabras no siempre hay una historia de desamor. Muchas veces hay dos personas agotadas, sobrecargadas o desconectadas, que perdieron el hábito de encontrarse.
También es importante decir que atravesar una crisis no significa soportarlo todo. Hay vínculos que ya no van y que no deben normalizarse.
Pero fuera de esos escenarios, la mayoría de las crisis son una oportunidad para revisar acuerdos, pedir ayuda si es necesario y entender que una pareja no se fortalece por evitar los conflictos, sino por aprender a transitarlos de una manera diferente. 
La diferencia no está en la ausencia de problemas, está en la capacidad de conversar, de asumir responsabilidades en lugar de buscar culpables y de recordar que enfrente no hay un enemigo, sino alguien con quien alguna vez elegimos construir un proyecto de vida.
Las relaciones más sólidas no son las que nunca se rompen, son las que entienden que el amor no consiste en evitar las grietas, sino en decidir, si vale la pena repararlas juntos. Porque las crisis no distinguen edades, años de convivencia ni historias de amor, son parte del camino, y muchas veces, también pueden ser el comienzo de una versión más madura, más consciente y más auténtica de la pareja.