Pablo Bonet
Cabrera
Una reciente encuesta dada conocer en Uruguay, realizada por una reconocida empresa nacional señala que el porcentaje de personas identificadas ideológicamente con la derecha (34%) aumentó sensiblemente y supero a los que se auto definen como de izquierda (26%). Pero también hay otro dato que sigue siendo el mayoritario. Nos referimos a quienes se identifican con el Centro (39%).
Uruguay se caracterizó por ser un país que más allá de quien gobierna, la mayoría siempre se identificó con el centro del espectro político.
Igualmente creo que las definiciones de izquierda-progresista y de derecha-conservadora han perdido mucho realismo si nos basamos con las acciones políticas de muchos, de un lado y del otro. Hemos visto muchos casos de izquierdistas muy conservadores y derechistas cuyas acciones apuntan al progreso y modernización.
Lo que no ha perdido vigencia en Uruguay es el concepto ideológico del nacionalismo blanco. Wilson Ferreira afirmaba con mucho fundamento y claridad que “No somos ni de izquierda ni de derecha, somos blancos”.
Pare entender esta afirmación hay que conocer la historia del Partido Nacional, sus principios y sus luchas. Ser blanco, es ser parte de un partido que tiene 190 años, uno de los más viejos del mundo, con luchas por los más desposeídos, contra las desigualdades, a favor de los derechos de los habitantes de nuestro país más allá del lugar de la república donde hayan nacido.
Cuando el Brigadier General Manuel Oribe, siendo el segundo presidente constitucional de Uruguay, creó la primera universidad del país, hoy la UDELAR, cuando creó la comisión de cuentas para controlar los gastos del Estado, hoy Tribunal de Cuentas, cuando creó la primer herramienta de Seguridad Social del país dirigido para militares y policías, cuando decretó la prohibición de la esclavitud, no estaba pensando si era de izquierda o de derecha, solo pensaba en el país y sus habitantes, su progreso y su bienestar. Todo esto y más lo concretó en poco menos de tres años.
Cuando Saravia se enfrentó a las fuerzas militares del gobierno colorado, no enarboló principios de izquierda o derecha, sino de nacionalismo uruguayo, de igualdad y equidad de derechos de sus habitantes.
Cuando en 1940 Herrera se opuso a la instalación de bases militares en el territorio uruguayo, no lo hizo pensando en temas de posicionamiento en uno u otro extremo ideológico, sino en el más profundo y genuino interés nacional. “Ni en las filas rojas del comunismo, ni una estrella más en la bandera de ningún imperialismo”, afirmó Luis Alberto de Herrera.
El propio Wilson, en su programa “Nuestro compromiso con Usted”, el programa de gobierno más profundo y recordado de la historia del país, dejó claras las bases de un gobierno nacionalista en medio de una suerte de moda de revoluciones de izquierda en el continente.
El Partido Nacional, fue y es un partido que prioriza el resultado de sus acciones más allá de la categorización de las mismas. Ser blanco, ser nacionalista es pensar primero en el país, en su gente, en los olvidados, en el trabajo y la educación de los habitantes. Esas son las verdaderas revoluciones. Muchas veces tuvieron que ser con armas y muertos, otras con enfrentamientos políticos con los gobernantes o los oponentes políticos, otras con acciones desde el gobierno mismo. Pero lo más importante es que estas revoluciones no apuntaron nunca a hacerse del poder a través de la fuerza, sino a lograr afianzar y profundizar la verdadera revolución, la de las cosas profundas, las que cambiaron el país y le dieron más transparencia, progreso, estabilidad democrática y prosperidad. Eso es ser blanco. Ni de izquierda ni de derecha, BLANCOS.
Sábado 26 de Septiembre, 2026 48 vistas