Pasar al contenido principal
Jueves 11 de Junio, 2026 245 vistas

Lo que el niño mira no es el partido

Lic. en Psicología Franco Santana
Centro Integra Salto
Correo: centrointegrasalto@gmail.com.uy
Celular: 091 289 604
Cada cuatro años la historia se repite: el mismo ritual, las mismas ganas, y la capacidad de sorprendernos como si fuera la primera vez, intacta. El país entero se para, se acomodan los horarios, se reúnen familias, los amigos, los compañeros, y un partido de fútbol logra algo que pocas cosas logran: que todos sintamos, al mismo tiempo, lo mismo. Gritos, abrazos, también lágrimas, a veces silencios. Todo junto, todo al mismo tiempo.
Para los más chicos, esto resulta fascinante. Pero muchas veces, lo verdaderamente importante para ellos, no está donde solemos mirar.
Es habitual que, como padres, nos preocupemos por cómo van a vivir nuestros hijos la derrota. Si van a llorar, si se van a frustrar, de qué modo los vamos a consolar. Y está bien preguntárselo. Pero hay una pregunta anterior, más difícil, que casi nunca nos hacemos: ¿qué hacemos nosotros con esa misma derrota?
“Porque el niño, en el living, no solamente está mirando el partido; también nos está mirando a nosotros.”
Observa qué hace su padre o su madre cuando el equipo pierde sobre la hora: si se enoja, si se encierra, o si respira, si lo deja pasar y dice "qué bronca”. Registra si los adultos viven el partido con angustia o con disfrute. Sin proponérselo, el niño aprende algo que ninguna palabra podría enseñarle: qué se hace con lo que uno siente cuando lo que uno siente es muy grande.
Hay aquí una observación que la clínica confirma a diario: los hijos e hijas no aprenden a regular sus emociones porque les expliquemos cómo hacerlo. Lo aprenden tomándolo prestado de nosotros. Un niño todavía no sabe qué hacer con una frustración intensa; no cuenta aún con los recursos internos para procesarla por su cuenta. Entonces se apoya en el adulto. Toma su calma (o su desborde) y la hace propia. A esto, en psicología, lo llamamos regulación compartida: el adulto presta su serenidad hasta que el niño logra construir la suya.
Por eso el Mundial es bastante más que fútbol. Es una de esas ocasiones en que las emociones se viven a flor de piel: cada gol, cada penal errado, cada eliminación dolorosa es una clase silenciosa. No sobre fútbol, sino sobre cómo se atraviesa lo que se siente.
Y conviene aclarar algo: no se trata de fingir una calma que no tenemos. Las niñas y los niños perciben de inmediato aquello que no es genuino. Se trata de algo más honesto: poder mostrar la emoción y, al mismo tiempo, mostrar que la emoción no nos arrasa. "Estoy triste por esto, y se me va a pasar." Esa frase, dicha con verdad, vale más que cualquier consejo.
Mostrarle a un hijo que se puede perder sin derrumbarse, ganar sin humillar y esperar sin desesperar es, en el fondo, enseñarle a vivir. Y esto “se enseña” sin proponérnoslo: en lo cotidiano, mientras festejamos un gol o toleramos una desilusión.
Si algo nos enseña el fútbol es que nadie juega solo. Lo mismo vale para el crecimiento de nuestros hijos e hijas: nos miran para aprender, y aprenden más de lo que somos y de lo que hacemos, que de lo que decimos. Es una responsabilidad compartida y también, y sobre todo, una oportunidad.