Por Carlos Arredondo
A veces nuestras pasiones no nos permiten ver lo más elemental.
El casi inexistente autoconocimiento en el que transcurre nuestra vida nos lleva de la mano – por no decir; de cabeza – a posturas tan incongruentes que no hacen más que dejarnos parados en el sitial de los absurdos.
Esto que escribo no es nuevo, todo el mundo, en mayor o menor medida, lo sabe (y si no lo sabe cabalmente, lo intuye).
Hay ejemplos clásicos que hasta pueden definirse como de manual; La madre que prohíbe al hijo decir mentiras pero cuando llega una visita inconveniente, ordena; “Decile que no estoy”. O el padre que recrimina a su hijo haber hecho un faul grosero en el partido del fin de semana, pero celebra que cuando la tele muestra una agresión por parte de un jugador de su equipo contra el rival.
En esta permanente dualidad transcurren nuestras vidas y el problema es entenderlo, y luego aplicarlo en nuestra vida cotidiana. Si bien esto puede trasladarse a todos los ámbitos de nuestra vida, en esta oportunidad me quiero detener en lo estrictamente político partidario y sus repercusiones en las soluciones que esperamos de él para nuestra vida cotidiana.
Es que en ese terreno es donde aparece una de las contradicciones más evidentes —y al mismo tiempo más invisibles— de nuestra conducta como ciudadanos.
Porque somos capaces de exigir determinados comportamientos, niveles de honestidad o formas de actuar cuando se trata del dirigente que no nos representa… pero flexibilizamos esos mismos criterios cuando quien incurre en esas prácticas es alguien con quien simpatizamos o nos sentimos identificados.
Dicho de otra forma: lo que en el adversario nos resulta inaceptable, en el propio se vuelve discutible, justificable o directamente invisible.
Y no se trata necesariamente de una falta de información. Muchas veces los hechos están a la vista, son conocidos, incluso comentados y “analizados”, pero sin embargo, no generan el mismo rechazo. No incomodan. No interpelan.
Nuestra indignación rara vez responde a lo que pensamos; responde a lo que sentimos. No evaluamos conductas o hechos: evaluamos personas, o lo que es peor: Evaluamos banderas políticas.
Si alguien nos cae bien, justificamos; si nos cae mal, condenamos sin matices. Así, dejamos de lado los hechos y actuamos desde la simpatía o el rechazo. Y en ese terreno, la coherencia deja de importar: lo mismo que ayer nos escandalizaba, hoy lo toleramos… siempre que lo haga el nuestro.
Ahí es donde la contradicción deja de ser un problema… porque deja de percibirse como tal.
Nos acostumbramos a medir con distintas varas sin siquiera advertirlo. A indignarnos selectivamente. A construir argumentos que nos permitan sostener posiciones que, en otro contexto, rechazaríamos sin dudar. Y en ese mecanismo, casi imperceptible, terminamos cediendo algo más importante que una discusión política: la coherencia.
Y es ahí donde el problema deja de ser individual para transformarse en colectivo.
Porque cuando aceptamos en los nuestros lo que condenamos en los otros, no solo estamos siendo incoherentes: estamos contribuyendo, de manera directa, a que nada cambie.
Si todo puede justificarse dependiendo de quién lo haga, entonces ya no hay exigencia real. Y sin exigencia, no hay necesidad de mejorar.
Con esta actitud logramos que, gobierne quien gobierne, siempre tenga un margen de tolerancia asegurado. Siempre habrá explicaciones, matices, excusas. Y en ese contexto, las soluciones dejan de ser urgentes… porque el costo de no alcanzarlas es bajo.
Así, casi sin darnos cuenta, terminamos sosteniendo aquello que decimos cuestionar.
Tal vez el punto de partida no sea cambiar a los otros, sino algo bastante más incómodo: empezar a medir con la misma vara a todos, incluso cuando eso nos obligue a revisar nuestras propias certezas, y hasta a despojarnos de nuestros afectos o emociones para exigir las soluciones reales.
Porque recién ahí —cuando la coherencia deja de ser selectiva— aparece algo parecido a una verdadera demanda social, y con ella, la posibilidad de que las soluciones, alguna vez, dejen de esperar.
Martes 07 de Abril, 2026 278 vistas