Por Alexandra Ledesma
Socióloga y Educadora Sexual
Y si, me encantaría saber en qué momento nos convencimos de que aburrirse era algo malo.
Decimos “estoy aburrido” casi como si estuviéramos hablando de un problema que necesita una solución inmediata. Y entonces aparece el celular, un mensaje, instagram, series en alguna plataforma, videos de Tik Tok, cualquier cosa que consiga llenar ese espacio vacío.
Parece que ya no sabemos simplemente estar.
Antes, aburrirse era parte de la vida, había momentos en los que no pasaba nada, viajábamos mirando por la ventana, nos quedábamos en casa sin tener un plan y, terminábamos inventando algo. Los niños decían “estoy aburrido” y la respuesta podía ser, sencillamente: “Bueno, fíjate qué hacer”.
Hoy parece que tenemos que entretenernos permanentemente.
Y quizás el problema no sea que tengamos más formas de hacerlo, sino que nos hemos acostumbrado a no tolerar el vacío.
El aburrimiento tiene mala prensa porque lo asociamos con perder el tiempo. Vivimos en una época en la que todo parece tener que servir para algo: aprender, producir, avanzar, mejorar, aprovechar. Hasta descansar parece necesitar una justificación.
Pero ¿qué pasa si por un rato no hacemos nada? Quizás pensamos, quizás observamos, quizás aparece una idea que no habría podido aparecer entre una notificación y otra, quizás descubrimos que estábamos cansados, o preocupados, o simplemente necesitábamos parar.
El aburrimiento también puede ser una puerta hacia nosotros mismos. Cuando desaparece el estímulo constante, aparecen pensamientos que normalmente mantenemos ocupados.
A veces preferimos cualquier entretenimiento antes que quedarnos cinco minutos a solas con nuestra cabeza.
Y esto también alcanza a los niños. Nos preocupa que estén aburridos y rápidamente buscamos algo para entretenerlos. Organizamos, proponemos, ofrecemos pantallas, actividades, juegos. Sin querer, podemos transmitirles la idea de que estar sin hacer nada es algo que debe evitarse.
Sin embargo, un niño aburrido también puede crear. Puede imaginar. Puede explorar. Puede aprender a buscar sus propios recursos.
No se trata de demonizar la tecnología ni de romantizar un pasado en el que todo era mejor. Las pantallas también entretienen, conectan, informan y forman parte de nuestra vida. El problema aparece cuando necesitamos estímulos todo el tiempo para sentirnos bien.
Cuando esperamos cinco minutos y ya sentimos que tenemos que mirar el teléfono, cuando viajamos y no podemos soportar el silencio, cuando comemos mirando una pantalla, cuando estamos solos y automáticamente buscamos a alguien a quien escribirle.
Cuando incluso antes de terminar una actividad ya estamos pensando cuál será la siguiente.
Quizás nos vendría bien recuperar algunos momentos sin propósito, una caminata sin auriculares, un café sin teléfono, mirar por la ventana, esperar, dejar una tarde sin plan.
Permitir que un niño diga “estoy aburrido” sin sentir que tenemos que resolverlo inmediatamente.
Porque no todo vacío necesita ser llenado, hay espacios que simplemente necesitan existir.
Y quizás el aburrimiento no sea una señal de que algo está mal, quizás sea una pausa que nuestra cabeza necesita para volver a escucharse.
Tal vez no estamos aburridos de la vida, tal vez estamos desacostumbrados a estar presentes en ella.
Entonces, la próxima vez que aparezca el aburrimiento, antes de correr a buscar algo que lo tape, podríamos probar otra cosa: quedarnos un rato ahí, sin producir, sin consumir, sin responder, sin escapar, y ver qué aparece.
Porque quizá aburrirse no sea perder el tiempo, quizá sea, justamente, una de las pocas formas que nos quedan de recuperarlo.
Jueves 13 de Agosto, 2026 52 vistas