Pasar al contenido principal
Viernes 10 de Julio, 2026 207 vistas

Pirámide del narcotráfico en Uruguay y niños que lloran desde sus tumbas

Por Pablo Perna
“En mi país qué tristeza, la pobreza y el rencor. Tú no pediste la guerra madre tierra, yo lo sé. Dice mi padre que un solo traidor puede con mil valientes… En mi país somos duros, el futuro lo dirá... En mi país somos miles y miles (en mi país), de lágrimas y de fusiles (brillará)…”. 
En 1971 cuando Alfredo Zitarrosa entonaba estos versos de su “Adagio a mi país”, lloraba por un Uruguay herido que se asomaba al abismo de la violencia, sin pensar que hoy la violencia sería mucho mayor que a la de su época. Se estima que desde 1968 a 1985 existieron un promedio de 400 víctimas por ideología política, hoy desde 2012 al 2026 se estima más de 2100 asesinados por el narcotráfico.   
En este momento que escribo, contando diez días hacia atrás, asesinaron 11 uruguayos vinculados al narcotráfico e hirieron a 3 policías, el patrón se repite: victimas jóvenes y pobres, asesinadas violentamente en la vía pública a ráfagas de balas. La Plataforma Infancias y Adolescencias (PIAS) y diversas organizaciones civiles han encendido alarmas desesperadas, en lo que va del año ya se ha cobrado la vida de 4 niños por disputas territoriales. Casos brutales como el del bebé asesinado de 1 año, en el barrio Colón o el bebé de 6 meses que recibió un impacto de bala en su cabeza. 
Para entender por qué las balas del narco matan en los barrios marginales, es necesario entender la brutal distancia que existen en los tres escalones del narcotráfico en el Uruguay.  En el eslabón más bajo se encuentran los clanes familiares y barriales sus integrantes son los hermanos, hijos, primos, cuñadas que compran la cocaína fraccionada y pasta base de los distribuidores locales, el no pago se cobra con sangre. En otras ocasiones, cuando un clan crece, intenta saltearse al intermediario y viaja directamente al Chuy o a Santana do Livramento, a comprarle a las facciones brasileñas, lo que desata guerras territoriales inmediatas por el control de las "bocas" y las rutas de entrada.
Mientras estos clanes son los que salen en el informativo, el escalón inmediatamente superior, los distribuidores locales uruguayos, brindan con etiqueta negra. Ellos acopian los ladrillos de droga en galpones del interior y cobran sus dividendos independientemente de cuántos jóvenes  caigan en el camino. Por encima de estos, en la cúspide de la pirámide, están los verdaderos dueños del gran negocio, que son las organizaciones internacionales que utilizan a Uruguay como un hub logístico o zona de transición hacia Europa. Aquí se ubica el Primer Comando da Capital (PCC), el Comando Vermelho (CV) y la mafia europea calabresa que operan en el Uruguay, ejemplo de ello es Rocco Morabito, el "rey de la cocaína de Milán", quien vivió plácidamente durante más de 15 años en el Uruguay, no para esconderse, sino para operar dese aquí su imperio. Estos cuentan con ejércitos de profesionales uruguayos que desde lujosos escritorios en la Ciudad Vieja de Montevideo o Punta del Este, facilitan la logística 
Mientras toda esta maquinaria perfecta opera en las sombras, asistimos al espectáculo que nos ofrece nuestra clase política; discutimos de forma acalorada si esos blindados militares deben salir o no a patrullar, si están pintados de azul o si los manejan policías entrenados a las apuradas. Nos distraemos en estas discusiones superficiales que no tocan un solo pelo del problema de fondo. Es la distracción perfecta, mientras que los políticos pierden el tiempo en el Parlamento, medios de comunicación y redes sociales, la mafia festeja en lujosos yates en el verano europeo. 
Al final del día, la ironía es macabra, Zitarrosa lloraba en 1971 por la violencia política que se avecinaba, sin imaginar que cinco décadas después el Uruguay caería de rodillas ante una violencia corporativa y criminal, que mientras los políticos debaten por tanquetas pedorras de tercera mano, jóvenes pobres uruguayos que todavía no saben que morirán prontamente por el narco, o esos niños inocentes ya muertos, lloran desde el fondo de sus tumbas por una justicia que hoy políticos inmaduros no se las pueden dar. “En mi país qué tristeza…”