Por Valentina Taruselli
Maestra Centro Integra Salto
Correo: centrointegrasalto @gmail.com
Al finalizar la formación docente contamos con valiosas herramientas: planificaciones, metodologías de enseñanza, estrategias de evaluación y recursos para gestionar una clase. También aprendemos sobre inclusión, diversidad, necesidades educativas y adaptaciones curriculares. Sin embargo, entre la teoría pedagógica y la realidad cotidiana del aula existe, muchas veces, una distancia significativa.
En el día a día, entre el ritmo acelerado de las rutinas, las tareas escolares y los compromisos laborales, podemos sentir que acompañar los procesos educativos es una tarea que debemos afrontar solos. Pero ¿qué pasaría si, en lugar de pensar la educación como una responsabilidad individual, pudiéramos imaginarla como una red de sostén? Educar a un niño nunca ha sido, ni debería ser, una tarea solitaria. Para que pueda desarrollarse con confianza, curiosidad y bienestar emocional, necesita sentirse acompañado y comprendido.
Podemos imaginar esa red como un triángulo cuyos tres vértices están profundamente conectados: la familia, la escuela y los profesionales de las instituciones interdisciplinarias que acompañan al niño. Cada uno aporta una mirada diferente y, al mismo tiempo, necesaria. Cuando estos tres actores logran encontrarse, escucharse y trabajar en una misma dirección, el niño recibe algo fundamental: un mensaje de coherencia, seguridad y confianza. La familia conoce al niño en su cotidianeidad, sus intereses, sus formas de vincularse y sus maneras de enfrentar los desafíos.
La escuela observa cómo aprende, cómo participa, cómo se relaciona con sus pares y qué estrategias pueden favorecer su recorrido educativo. Los profesionales, desde sus diferentes disciplinas, aportan herramientas y conocimientos que permiten comprender determinadas dificultades y pensar apoyos específicos. Ninguna de estas miradas, por sí sola, alcanza para comprender al niño en toda su complejidad. En las aulas nos encontramos con niños que presentan diferentes desafíos en sus procesos de aprendizaje y que necesitan apoyos específicos.
No siempre contamos con un diagnóstico claro ni con orientaciones precisas sobre cómo acompañarlos. Es justamente en estas situaciones donde el trabajo conjunto adquiere especial importancia, ya que permite ampliar nuestra mirada y construir respuestas que contemplen las características y necesidades particulares de cada niño. Compartir miradas permite reconocer sus fortalezas y necesidades y, a partir de allí, construir apoyos concretos, evitando que una dificultad se transforme en una etiqueta. No se trata de definir al niño por aquello que le cuesta, sino de preguntarnos qué necesita para poder aprender, participar y desarrollarse de acuerdo con sus posibilidades. Esta mirada compartida también permite construir pautas de acompañamiento que puedan sostenerse tanto en el hogar como en la escuela. En casa, puede favorecer la organización de rutinas y hábitos de estudio acordes a las posibilidades y necesidades del niño, generando un entorno de seguridad y confianza.
En el aula, fortalece la práctica docente mediante estrategias pedagógicas específicas y planificadas, que permiten construir propuestas más accesibles, flexibles e inclusivas. Cuando los adultos que acompañan a un niño pueden escucharse, compartir sus miradas y trabajar de manera coordinada, también se transforma la experiencia del propio niño. Sentirse comprendido y valorado puede disminuir la frustración y favorecer, progresivamente, su autonomía, autoestima, participación y confianza en sus propias capacidades para aprender.
Porque incluir no significa hacer lo mismo para todos. Incluir significa reconocer que cada niño tiene una historia, una manera particular de aprender, fortalezas, necesidades y tiempos propios. Significa ofrecer las condiciones y los apoyos que necesita para desarrollar su potencial y garantizar, de este modo, su derecho a aprender. La mirada integral requiere compromiso, escucha y trabajo conjunto. Familia, escuela y profesionales no son caminos separados, sino partes de una misma red. Cuando esa red se fortalece, también se fortalece el niño.