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Lunes 29 de Junio, 2026 35 vistas

SE NECESITAN IDEALES

Por el Padre Martín Ponce De León
Lo ideal no existe en este mundo.  Lo que sí existe es nuestra capacidad de tender a lo ideal. Por más que sepamos no habremos de lograr acabadamente nuestros ideales existe una fuerza interior que permite nos esforcemos por intentar buscar nuestros ideales.
Jamás habremos de llegar, pero esa seguridad está lejos de ser una razón para vivir con los brazos bajos y caminar desanimados.
El ideal es como una meta a la cual tendemos. Es la utopía que se nos hace motivadora.
No hemos nacido aves, pero bien que sabemos podemos volar en la medida que permitimos a nuestra vida ir en busca de nuestros sueños.
“Pero eso no es volar” se me podrá, con razón, afirmar. ¿No es “ese vuelo” mejor que limitarnos a sobrevivir? Jamás llegaremos al vuelo de las aves, pero eso no quiere decir que, necesariamente, debamos quedarnos aplastados sobre el suelo.
Si miramos la inmensa mayoría de nuestros sueños habremos de descubrir que ante ellos bien podemos colocar un algo que nos indique que jamás serán plenamente realidad. Jamás seremos hacedores de una justa justicia. ¿Debemos conformarnos a convivir con la injusticia? Jamás llegaremos a una fraternidad universal. ¿Debemos resignarnos ante nuestras divisiones?
Así podríamos continuar mirando sueños para llegar a la certeza de que jamás serán plenamente pero tampoco, por ello, podemos abandonar nuestras ansias de jugarnos por ellos. Si no gastamos nuestra vida en la prosecución de nuestros sueños, de nuestros ideales ¿en qué otra realidad válida vale la pena gastarla? Tal vez nunca habremos de llegar al 100% de un sueño, pero........ ¿no es válido jugarnos para que ese ideal sea un 20 o un 50 o un 75 o un 90 %?
Jamás llegaremos a volar en la más absoluta libertad. Siempre habremos de establecer nuestro vínculo de seguridades o dependencias, pero jamás renunciamos a nuestro sueño de poder volar libres y, para ello, nos arriesgamos a un vuelo cada vez más alto y convencido. Jamás deberíamos llegar a renuncia a nuestros ideales por más que sepamos, desde el comienzo del camino, que todo se habrá de limitar a un intento por acercarnos a la plenitud de ellos. Es lo máximo que habremos de hacer. Es todo lo que habremos de lograr.
Acercarnos ¿no es una forma de hacerlos posibles? ¿No es mucho más importante cada uno de nuestros logros que todo lo que nos resta por lograr?
¡Qué triste sería nuestra vida si todos, por el hecho de saber de la imposibilidad de lograr la plenitud de nuestros ideales renunciara al intento constante de jugarse por ellos!
De no ser por esa bendita costumbre de apostar a los sueños y jugarse por los inalcanzables ideales que posee la humanidad, aún nos resignaríamos a la vida casi animal de los hombres cavernarios. No es un despreciar los espacios intermedios entre nuestra realidad actual y ese ideal al que nunca habremos de llegar y hacia el que siempre debemos estar orientados. Es imposible dejar de reconocer que para llegar a ser apenas un punto visible sacudido por el viento y empapado por el sol hemos sido un sinnúmero de intentos, de logros y fracasos. Sin los fracasos no habremos de fortalecer nuestras alas ni habremos de convencernos de la necesaria necesidad de volverlo a intentar. Si todo fuesen logros los vientos y el calor del sol nos impedirían continuar subiendo puesto que no habríamos de fortalecer nuestras alas para seguir ascendiendo.
Pero los ideales deben tener esa fuerza suficiente como para volverse apasionantes y desafiantes. Los verdaderos ideales nunca se logran desde nuestras solas fuerzas.
Los verdaderos ideales son aquellos que se logran con una renovada confianza en Dios y con una firme apuesta a los demás.