Por el Padre Martín Ponce De León
En muchas oportunidades, antes de salir a los barrios, debemos tomar algunas decisiones. La ropa que han donado ¿dónde las entregaremos? ¿El dinero que han donado qué destino se le habrá de dar? Se barajan posibilidades y se toma una determinada decisión.
Siempre se realiza tal cosa buscando el destino mejor o el más útil. En muchas oportunidades, para llegar a una decisión, son necesarias diversas opiniones que ayudan en esa toma de decisión final y ello ayuda a quedar con la conciencia tranquila de que se ha optado por lo mejor.
Esa decisión tomada de común acuerdo no ofrece la certeza de no cometer algún error o de tomar una determinación que no sea la correcta. Obviamente que es posible la equivocación. Equivocarse es parte del hecho de tomar decisiones.
En oportunidades se debe resolver sobre situaciones que les toca vivir a otras personas y, tal vez sea un error, se decide desde una manera de pensar o actuar que no es la postura que asume quien recibe la decisión.
Me viene a la memoria lo sucedido a un joven. El día de la muerte de su padre, había tomado unas copas de más para ayudarse a mitigar su dolor, se le acerca un vecino y se ofrece para comprarle la casa donde vivía con su padre. Pidió una suma de dinero que, a su criterio, era muy importante. El vecino aceptó la cantidad y, sin ningún tipo de contrato, entregó las llaves y recibió el dinero solicitado. Recién allí tomó conciencia de que no tenía un lugar para vivir y todas sus pertenencias quedaban dentro de la casa. Decidió emprender viaje, caminando y haciendo dedo, rumbo a Montevideo para no malgastar el dinero. Al llegar a Las Piedras se sentó en una vereda para contar el dinero que aún tenía. Pasó, junto a él, otro joven que le manoteó el dinero que estaba contando y se perdió de su vista. Allí asumió que lo único que podía hacer era retornar a su ciudad y vivir en la calle.
Fueron una suma de decisiones equivocadas que le llevaron a una situación de la que no pudo sobreponerse. Cuando, en oportunidades, conversé con él, sobre tal situación, le hacía ver algunos errores cometidos y siempre me decía “Usted no estaba para ayudarme y yo resolví lo que, me pareció, era lo mejor”
Es evidente que es mucho más sencillo opinar sobre las equivocaciones que poseen las decisiones de los demás que sobre las nuestras. Para las nuestras solemos encontrar excusas que buscan mitigar la equivocación. No es muy sencillo respetar, aunque no se esté de acuerdo, con las resoluciones de los demás y, de ser posible, ayudar a que se tenga una visión mayor de la realidad y, luego, respetar, aunque duela, la decisión de los demás.
Cuando se toman decisiones, que involucran a los demás, necesitamos tener en cuenta a la parte interesada ya que ella es la razón última de lo que se habrá de decidir. Muchas veces no logramos coincidir en una forma de pensar y, mucho menos, cuando, lo que se pretende, es solucionar una dificultad. Podemos, todos, buscar lo mejor, pero lo que ello es puede transitar por caminos muy distintos.
Cuando decidimos colaborar con alguien, debemos realizarlo sin esperar a cambio y ello implica aceptar lo que la otra parte resuelva. Ello puede llevarnos a una desilusión, por más que nuestra razón nos diga que hemos hecho lo que debíamos realizar.
Lunes 03 de Agosto, 2026 260 vistas