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Lunes 06 de Julio, 2026 11 vistas

Una reiterada lección

Por el Padre Martín Ponce De León
Hace tres años tuve la oportunidad de acercarme a aquel grupo de adolescentes y sus educadores que estaban de paseo por estos lugares. Salvo la persona que me había invitado a estar con ellos unos momentos, no conocía a nadie más. Ellos son habitantes de Molles y la institución que los trae de paseo, también se encuentra allí.
Son un grupo de una cincuentena de adolescentes de entre 12 y 18 años más un grupo de unos diez animadores los que componen el grupo.
Es evidente que no logro saber los nombres de ellos, pero hay algunos que, como en todo grupo humano, tienen algunas características que los hacen sobresalir del resto. El primer año despertó mi atención un chico que sabía muchísimas canciones del cancionero folclórico actual y, a su vez, tenía grandes dificultades visuales. Al año siguiente, el mismo chico tenía enormes problemas para ver, pero llevaba la voz cantante a la hora de entonar canciones que eran seguidas por casi todo el grupo. Ese año, también llamó mi atención unos mellizos ("terribles" al decir de uno de los responsables) que estaban acompañados del padre (por cualquier dificultad) que, en ese momento se encontraba haciendo el asado que compartirían a medio día.
Muchos de ellos cargan con alguna pesada mochila sobre sus espaldas.
Este año tuve, nuevamente, la oportunidad de reencontrarme con el grupo. Algunos rostros me resultaban ya vistos, al igual que los de varios de los responsables. Cuando llegué estaban comenzando la tarea de preparar el almuerzo. Borrego a las brasas y ensalada rusa, chorizos y hamburguesas al pan. De postre naranjas. El mismo señor del año anterior (el padre de los "terribles") era el asador. Como se debió utilizar dos parrillas nos pidió hacernos cargo de una y, por lo tanto, el almuerzo nos encontró junto a una de las parrillas.
Una de las realidades del grupo es el clima que se da entre ellos. Todo se desarrolla en un clima muy tranquilo y de mucha camaradería. Conversan, juegan, van y vienen, pero no se dan gritos o detalles de grosería o violencia. Son algo más de cincuenta chicos y, sería muynatural que ello, aunque fugazmente, se diera. 
Otra de las cosas que llama mi atención es el espíritu de grupo que poseen. En ningún momento es necesario salir a buscar a alguno que se apartó del grupo, no es necesario ir a buscar a alguien que se a quedado en alguno de los dormitorios o acercarse a alguien a preguntarle si le sucede algo que está aislado de los demás.
Algunos juegan a la pelota, otras juegan a las cartas y otros escuchan música, pero están todos juntos y a la vista. 
A la hora de almorzar, tal vez porque había apetito y ya era comenzada la tarde cuando el asado estaba pronto, el silencio era notorio y nadie necesitaba de gritar para hacerse escuchar. Era una prolongada mesa de familia compartida.
Luego de estar unas horas entre ellos debía volver y lo único que se me ocurría era darles gracias por haberme enseñado de humanización. Cuando la humanización se brinda, la misma crecer y se deja ver. 
Vaya uno a saber lo que habrá de ser de esos adolescentes en un futuro, pero, sin duda, que habrán de llevar grabado en lo más hondo de su ser, el que, en una oportunidad se supieron personas porque tratados como tal y que ello les reportaba felicidad y, tal vez, quieran replicarlo en otros.
Tal vez olvidarán muchas de las realidades vividas durante la adolescencia, pero, sin duda, nunca olvidarán esas instancias, donde, como grupo, supieron disfrutar de el simple hecho de compartir un campamento.