Por Pablo Vela
Hay momentos en los que toca mirar hacia atrás para entender que pasó.
Pero mirar hacia atrás no quedarse atrás.
Los nuevos comienzos no tienen porque ser borrón y cuenta nueva. A veces consisten, justamente, en reconocer lo que hicimos mal, aceptar que nos equivocamos y tener la humildad suficiente para decirlo. También en aceptar las disculpas de quienes se equivocaron con nosotros. No porque lo ocurrido deje de importar, sino porque seguir adelante requiere, en algún momento, dejar de vivir atados a aquello que ya pasó.
Pedir perdón no borra un error. Perdonar tampoco. Pero ambas cosas pueden abrir una puerta.
Quizás uno de nuestros mayores desafíos sea aprender a pensar un poco mas allá de la urgencia. Vivimos demasiado pendientes de lo inmediato: de la discusión de hoy, del resultado de mañana, de quien tuvo razón en la última pelea. Y mientras tanto, dejamos de hacernos preguntas más importantes: ¿hacia dónde queremos ir? ¿Qué estamos construyendo? ¿Qué sociedad queremos dejarles a quienes vienen después?
Pensar en el futuro también es una forma de responsabilidad.
Y pensar en el futuro, necesariamente, implica pensar en colectivo. Porque hay caminos que nadie puede recorrer solo. Nuestra sociedad no se construye a partir de personas que nunca se equivocan, sino de personas capaces de aprender de sus errores, de reconocer los del otro y, cuando sea posible, de encontrar nuevamente un punto de encuentro.
Eso exige algo que no siempre estamos dispuestos a conceder: una segunda oportunidad.
Nos hemos acostumbrado a exigir explicaciones, pero no siempre a escuchar respuestas. A señalar errores, pero no siempre a reconocer los propios. A reclamar disculpas, pero no necesariamente a aceptarlas cuando llegan.
Tal vez sea tiempo de recuperar el valor de recomenzar.
Retomar el rumbo no significa fingir que nada ocurrió. Significa incorporar lo ocurrido a la experiencia y elegir que hacer con ella.
Hay errores que deben recordarse para no repetirse. Hay heridas que necesitan tiempo. Hay disculpas que requieren hechos que las acompañen.
Pero también hay mucho que todavía puede repararse.
Un nuevo comienzo no es una promesa de que todo será distinto. Es, más modestamente, la decisión de hacer algo distinto con lo que tenemos.
Por eso, quizá valga la pena levantar la mirada. Pensar menos en la próxima discusión y más en el próximo año. Menos en quien ganó una pelea y más en que podemos construir después de ella. Menos en las diferencias que nos separan y más en aquello que, aun con nuestras diferencias, podemos hacer juntos.
Porque el futuro no llega terminado. Se construye, decisión a decisión, conversación a conversación, error a error y también, porque no, perdón a perdón.
Y quizá un nuevo comienzo sea simplemente eso: aceptar que no hicimos todo bien, agradecer a quienes tuvieron la generosidad de señalarlo, aceptar las disculpas de quienes tuvieron el coraje de ofrecerlas y, finalmente, volver a mirar hacia adelante.
No para olvidar el camino recorrido. Sino para encontrar nuevamente el rumbo.
Miércoles 30 de Septiembre, 2026 64 vistas