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Martes 21 de Abril, 2026 972 vistas

Voto exterior: lo que ya dijimos…y no quieren discutir

Por Carlos Arredondo
Cada vez que el tema del voto en el exterior vuelve a escena, se repite el mismo guión. Cambian los nombres —consular, epistolar, nuevas modalidades—, pero el fondo permanece intacto. Y también permanecen intactas las razones para oponerse.
En noviembre de 2019, en plena instancia electoral, escribí una carta abierta dirigida a los uruguayos que viven en el exterior. No fue una proclama política. Fue, como lo planteé entonces, “una cosa entre vos y yo, de uruguayo a uruguayo, de hermano a hermano”.
Han pasado los años, pero aquel planteo no solo no perdió vigencia: hoy cobra más sentido que nunca. Porque el eje del debate sigue siendo el mismo.
En aquella carta decía: “no es justo que incidas en nuestras vidas colectivas definiendo un futuro que no será para vos, sino para nosotros”. Y lo reafirmo hoy. Porque votar no es un acto simbólico ni emocional. Es una decisión que impacta directamente en la vida cotidiana de una sociedad concreta. Y esa sociedad es territorial.
Quien no vive en Uruguay no transita sus problemas, no depende de sus servicios, no construye su día a día bajo las decisiones que aquí se toman. Y eso no es una crítica. Es una realidad.
Llegados a este punto aparece el primer contraargumento, repetido como un mantra: que la ciudadanía no se pierde por vivir en el exterior. Es cierto, pero la ciudadanía, por sí sola, no resuelve el problema de fondo. Porque el voto no es solo pertenencia jurídica: es responsabilidad sobre una realidad concreta. Y esa responsabilidad no se ejerce desde la distancia pues, es imposible bancarse las consecuencias viviendo allá.
También se dice que las decisiones del país igual afectan a quienes están afuera. Puede ser, en algunos casos, pero no en la misma medida, ni con la misma intensidad, ni con las mismas consecuencias que para quienes vivimos acá. Y en democracia, no es lo mismo opinar que decidir. Decidir implica asumir. Y asumir implica estar.
En aquella carta lo decía sin rodeos: “el voto no es un acto de amor… es un acto de responsabilidad social que incide directa —y solamente— en la sociedad donde se emite”. Ese sigue siendo el punto más incómodo de esta discusión.
Porque además hay algo que rara vez se dice en voz alta: emigrar es una decisión personal. “La tomaste pensando en vos y tu futuro”, escribí en 2019. Y agregaba que era “una decisión cargada de un egoísmo sano, legítimo e incuestionable”. Nada hay para reprochar en eso.
Pero esa elección también implica algo: elegir otro lugar para vivir, para educar a los hijos, para trabajar, para cuidar la salud, para proyectar la vida.
Entonces la pregunta se vuelve, inevitable -y se repite -: “si esa es tu elección, ¿por qué incidir acá?”
Se argumenta también que “en todo el mundo se vota desde el exterior”, y es verdad. Pero Uruguay no está obligado a copiar modelos si entiende que no se ajustan a su forma de concebir la democracia. La universalidad de una práctica no la convierte automáticamente en correcta.
En 2009, además, la ciudadanía ya se expresó. Y lo hizo rechazando una modalidad de voto exterior. Insistir cambiando el formato pero no el fondo es, en el mejor de los casos, desconocer ese antecedente.
Por eso este no es un debate técnico. No es un problema de cómo instrumentar el voto; Es un problema de sentido.
Porque también lo advertía en aquella carta: “no nos quites la dignidad de poder definir nosotros —los que elegimos vivir acá— nuestro futuro”: Dignidad para decidir, para equivocarnos, para hacernos cargo…
Y es en ese punto donde la discusión debería darse sin eufemismos: si el principio democrático básico indica que decide quien vive las consecuencias, entonces habilitar que quienes no residen incidan en esa decisión es, como mínimo, contradictorio. Más aún: es un error. Un error que la propia Constitución consagra, y que el sistema político insiste en profundizar en lugar de revisar; Porque no alcanza con tener el derecho, también hay que estar donde ese derecho impacta, y en esa realidad, los que estamos acá, como dije entonces, podemos…Y debemos.