Dr. Gastón Signorelli
Estudio Signorelli &Altamiranda
Publicar una foto de niños, niñas o adolescentes en redes sociales parece ser un gesto cotidiano. Un cumpleaños, el primer día de clases, una actividad deportiva, una salida familiar o simplemente una imagen del día a día. Muchas veces se hace desde el cariño, desde el orgullo o a los solos efectos de compartir con familiares y amigos momentos importantes de la vida.
No se trata, entonces, de juzgar a quienes lo hacen, mucho menos de afirmar que toda publicación de un niño, niña o adolescente en redes sociales sea necesariamente incorrecta. La realidad es bastante más compleja. Las redes forman parte de la vida diaria y también de la forma en que las personas se comunican y mantienen vínculos.
Durante mucho tiempo, las fotos familiares quedaban guardadas en álbumes, cajones, cuadros o en recuerdos íntimos del hogar. Hoy en día, una foto publicada en una red social puede ser guardada, reenviada, capturada o permanecer disponible durante años, incluso cuando quien la publicó ya no recuerde haberlo hecho.
Lo que antes era parte de la memoria familiar, hoy puede transformarse en parte de la identidad digital de una persona. Y cuando hablamos de niños, niñas y adolescentes, esa identidad digital muchas veces comienza a construirse antes de que ellos puedan comprenderla, aceptarla o rechazarla.
El punto central no es si los padres tienen o no motivos legítimos para compartir una imagen. El punto es otro, y es que los hijos tienen una imagen propia, una intimidad propia y, aunque todavía no estén en condiciones de decidir plenamente sobre ella, eso no significa que carezcan de derechos.
En este tema aparece una tensión delicada. Por un lado, los padres son quienes naturalmente cuidan, representan y toman decisiones por sus hijos. Pero, por otro lado, también pueden ser quienes, aun sin mala intención, los exponen.
Porque una imagen que para un adulto puede parecer graciosa, tierna o inofensiva, quizás no sea vista de la misma manera por ese niño cuando crezca. Y aun cuando la publicación sea adecuada, también importa preguntarse quiénes pueden verla, qué información revela, si muestra el uniforme escolar, el club social al que concurre, la ubicación de la casa, los horarios o rutinas familiares. Muchas veces el problema no está solo en la imagen, sino en los datos que la rodean.
La discusión no debería plantearse desde el miedo ni desde la censura, sino desde la responsabilidad. Se trata ineludiblemente de incorporar varias preguntas previas; tales como si esa imagen respeta la privacidad del niño, si puede afectarlo en el futuro, si la compartiría igual en el caso de que él o ella pudieran opinar, pero principalmente si estoy publicando por él o estoy publicando por mí, entre tantas otras.
La infancia merece ser recordada y compartida, pero también merece ser protegida. Y protegerla, en la actualidad, no implica solamente cuidar a los niños en la calle, en la escuela o en los espacios físicos. También implica cuidar la huella que dejamos de ellos en internet.
Antes de publicar, quizás alcance con una regla básica, la que implica pensar si esa imagen cuida al niño de hoy y respeta al adulto que algún día va a ser.
Jueves 18 de Junio, 2026 70 vistas