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Jueves 03 de Septiembre, 2026 152 vistas

Cuando sentimos que no somos suficientes para que nos amen


Por Alexandra Ledesma
Socióloga y Educadora Sexual
Hay una forma que no siempre reconocemos como baja autoestima. Se trata de la baja autoestima relacional, esa que se corresponde con la manera en que nos percibimos cuando estamos frente a otro. Es sentir que nuestro valor está, de alguna manera, en manos de quien tenemos enfrente. 
Podríamos reconocerla en muchas circunstancias, lo que nos permitiría darnos nuevamente el valor que fuimos perdiendo. 
Y volver a darnos ese valor es poder hacernos las preguntas correctas,   preguntarnos si esa persona nos gusta, si nos hace bien o si queremos estar ahí, en vez de dirigir nuestra atención hacia el otro: ¿le gustaré?, ¿estará contento conmigo?, ¿habré dicho algo incorrecto?, Sin darnos cuenta, dejamos de ser protagonistas de nuestra propia elección y pasamos a sentirnos candidatos esperando ser seleccionados.
Otra forma de revalorizarnos es no callar mas aquello que nos molesta, no dejar pasar actitudes que duelen, no postergar mas conversaciones incomodas pero necesarias. A veces confundimos madurez con aguantar. Pero una cosa es elegir nuestras batallas y otra muy distinta es acostumbrarnos a silenciarnos para no poner en riesgo el vínculo.
Por otro lado, debemos poder reconocer el sobreesfuerzo, cuando pasamos a ser los que siempre llaman, organizan, resuelven, comprenden, ceden, sostienen y buscan la manera de que todo funcione, porque acá se podría presentar un problema y es que una relación no debería sostenerse sobre una persona intentando demostrar constantemente cuánto merece ser elegida.
En definitiva, nadie puede prometernos que nunca vamos a sufrir, que nunca vamos a ser rechazados o que una relación durará para siempre. Lo que sí podemos construir es la seguridad de saber que, aunque el otro pueda elegir irse, nosotros no vamos a dejar de elegirnos a nosotros mismos.
La baja autoestima relacional también puede esconderse detrás de conductas que parecen completamente opuestas a la inseguridad. Puede aparecer en los celos, en el control, en la necesidad de tener siempre la razón, en la dificultad para ceder o incluso en una aparente independencia absoluta. No toda inseguridad se ve como fragilidad. A veces se disfraza de dureza.
En el fondo, muchas de estas conductas nacen de una misma pregunta: “¿Qué tengo que hacer para que no dejen de quererme?”
Y quizás haya una pregunta mucho más saludable para empezar a hacernos:
“¿Qué necesito yo para sentirme bien en esta relación?”
Porque cuando estamos demasiado ocupados intentando gustarle al otro, podemos olvidarnos de algo fundamental: nosotros también estamos eligiendo.
Estamos construyendo un vínculo entre dos personas que deberían poder mirarse y preguntarse mutuamente: ¿nos hacemos bien?, ¿podemos ser nosotros mismos acá?, ¿podemos hablar, poner límites, equivocarnos y seguir sintiéndonos seguros?
Trabajar la autoestima relacional no significa dejar de necesitar al otro. Significa poder amar sin desaparecer, confiar sin controlar, poner límites sin sentir que estamos arriesgando nuestro valor y atravesar la incertidumbre sin sentir que nuestra identidad depende de la respuesta de alguien más.
Quizás el verdadero cambio comienza cuando empezamos a preguntarnos:
“¿Puedo ser yo misma dentro de este vínculo y seguir sintiéndome valiosa, incluso cuando el otro no me está validando?”
Porque la autoestima relacional no consiste en creer que nunca nos van a abandonar, consiste en saber que, si alguna vez alguien se va, nosotros no nos vamos a abandonar a nosotros mismos.