Por el Padre Martín Ponce De León
Durante, casi toda la semana, algunas personas se vieron abocados a la tarea de distribuir cajones con tomates y morrones, por diversos lugares de la ciudad.
Fueron varios días y muchísimos cajones, los que se debieron repartir en comedores, merenderos o algunas casas de familia. No sé, concretamente, la cantidad de cajones distribuidos, pero, según mi cálculo, han sido más de un centenar.
Son verduras que, por diversas razones, no sirven para la comercialización, pero sí sirven para la alimentación. Son verduras que, en lugar de ser tiradas o abandonadas, son donadas para ser distribuidas entre realidades necesitadas.
Son cajones que se deben ir a levantar desde un determinado lugar y que tienen la generosidad de cargar los vehículos con los que se va a buscarlos. Desde allí hasta donde se habrán de entregar son varias cuadras que se recorren, para dejar la cantidad que se ha establecido. En algunos lugares queda todo el contenido de un cajón y, en otros, dos o tres cajones. En un lugar se dejó toda la carga de una camioneta. Eran, tal vez, unos veinte cajones.
Como los cajones deben ser devueltos hay que realizar un cambio de envase. A algún latón, a unas bolsas o, simplemente, al suelo para que luego lo guarden donde mejor puedan. Esto, sin duda, implica disponer de tiempo en cada lugar.
Lo que, en cada lugar, realicen con lo que se les ha dejado, es tarea y responsabilidad de ellos. Para distribuir entre los vecinos, hacer salsa o mermelada (prometieron convidar con ella) o guardar para las comidas.
Lo primero que surge, ante tal reparto, es la necesidad de agradecer a quienes, con su donación, lo hacen posible. Lo segundo es admirar a quienes dedican su tiempo a hacer posible tal reparto puesto que colaboran con locomoción y dedicación. Lo tercero es poder atesorar la sonrisa y gratitud con que es recibida la donación que le llega.
Estando en esta tarea se recibió la donación de boniatos que debían ser retirados de una chacra. Fueron unos once cajones que se distribuyeron en un abrir y cerrar de ojos.
Escuchando de esta actividad, no se puede dejar de experimentar una luz de esperanza que brilla en este nuestro hoy. La generosidad aún existe y está viva. La mano solidaria aún se mantiene extendida.
Entre los que hacen la donación y quienes la reciben existe tal distancia que resulta imposible saber el origen o el destinatario. También nadie pregunta el destino que tendrán los cajones que se retiran, ni el lugar de donde proceden. Lo único que se solicita es que se retornen todos los cajones que se retiran y eso es responsabilidad de quienes los distribuyen.
En este hoy, donde hay tanto interés en la conveniencia o en el rédito, existen personas capaces de brindar algo que era suyo sin ningún tipo de interés o conveniencia.
Nadie irá a agradecerles la donación o el servicio prestado. Simplemente lo hacen porque experimentan que ello es lo que deben hacer y, tal hecho, engrandece su generosidad.
En esta actividad se descubre, con fuerza y claridad, aquello del evangelio: "Que tu mano derecha no sepa lo que hace tu izquierda" puesto que todo se pierde en las rodadas de los vehículos con su carga y sus distintas direcciones.
En una oportunidad fui invitado a acompañar la actividad y, puedo asegurarlo, me sentí muy dichoso de poder servir de puente entre la donación y los destinatarios de la misma ya que, muy pocas cosas son más gratificantes que el poder sabernos útiles dando una mano aunque no me permitan descargar cajones.
Lunes 20 de Abril, 2026 245 vistas