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Jueves 20 de Agosto, 2026 27 vistas

El desafío no es apagar la pantalla

Por Agustina Signorelli
Licenciada en Psicopedagogía 
Centro Integra Salto 
correo: centrointegrasalto@gmail.com.uy
celular: 091 289 604 
Hablar de infancias y pantallas suele llevarnos rápidamente a una preocupación: cuánto tiempo pasan los niños frente a ellas. Pero quizás podamos hacernos una pregunta diferente, y un poco más incómoda: ¿qué estamos haciendo los adultos para que el mundo que está fuera de la pantalla siga siendo un lugar interesante para nuestros niños? La tecnología forma parte de sus vidas y seguirá haciéndolo. 
Por eso, el desafío no debería ser ir en contra de ella, sino ir a favor de aquello que sabemos que favorece el desarrollo. Las investigaciones actuales proponen una idea interesante: cuando un niño está frente a una pantalla, importa no solo lo que hace allí, sino también qué está dejando de hacer mientras tanto. Es lo que se conoce como “desplazamiento de experiencias”. 
Pensemos en un niño pequeño sentado en la playa mirando un celular. A su alrededor hay arena para tocar, agua a la que acercarse, personas con quienes interactuar, movimientos por realizar, palabras por escuchar y pequeños desafíos por resolver. Hay un mundo entero disponible para ser descubierto. El mismo dispositivo, en manos de un adolescente que busca qué ómnibus debe tomar para llegar a determinado lugar, puede estar favoreciendo su autonomía. La tecnología es la misma; lo que cambia es la experiencia que habilita o desplaza. 
Durante la infancia, el desarrollo necesita diversidad: correr, conversar, construir, tocar, imaginar, esperar, equivocarse, aburrirse, frustrarse y volver a intentar. El mundo real, además, pone límites. Un castillo de arena se cae cuando llega el agua. Podemos volver a construirlo, cambiarlo de lugar o aceptar que esta vez no salió como queríamos. En esas pequeñas experiencias también se aprende. 
Esto no significa que toda experiencia digital sea negativa. No es lo mismo crear, programar, investigar o compartir una actividad con un adulto que pasar de un video breve al siguiente durante largos períodos. Por eso, quizás una buena pregunta sea: ¿esta tecnología está ampliando el mundo del niño o lo está reemplazando? Aquí los adultos tenemos un papel fundamental. Muchas veces esperamos que la solución llegue desde afuera: una prohibición, una regulación, una edad mínima o una aplicación que limite el tiempo de uso. Las regulaciones pueden ser necesarias, pero no sustituyen la tarea de educar. La regulación establece un marco; la educación construye habilidades. Educar también implica poner límites y sostenerlos. Los niños no nacen sabiendo autorregularse. Primero necesitan adultos que regulen por ellos, luego adultos que los acompañen y, progresivamente, podrán desarrollar sus propias herramientas para decidir, detenerse, cuidar su sueño, elegir contenidos, pedir ayuda y utilizar la tecnología responsablemente. 
Pero hay algo más: necesitamos adultos dispuestos a “meter el cuerpo”. Familias y educadores presentes, capaces de generar espacios de presencialidad y experiencias que valga la pena vivir. Y esto no requiere llenar las agendas ni convertirnos en animadores permanentes. Puede ser conversar mientras cenamos, cocinar juntos, caminar, jugar a la pelota, compartir un cuento, hacer un mandado, encontrarnos con otros o, simplemente, permitir que aparezca el aburrimiento y no resolverlo inmediatamente con una pantalla. 
Quizás “vení a jugar a la pelota” tenga más fuerza que “dejá el teléfono”. No necesitamos adultos que solamente controlen el acceso a las pantallas. Necesitamos adultos presentes para enseñar a vivir en un mundo donde las pantallas también existen. Porque tal vez el desafío no sea lograr que nuestros niños quieran menos el mundo digital, sino preguntarnos, como familias y educadores: ¿qué mundo estamos ofreciéndoles nosotros cuando la pantalla se apaga?