Pasar al contenido principal
Lunes 08 de Diciembre, 2025 105 vistas

Encuentro casual

Por el Padre Martín Ponce De León
Me solicitaron pasase a mirar unos afiches que habían mandado hacer y querían saber si los mismos estaban correctos o debía modificarse o añadirse algo. Como ya era la hora del cierre solicité me esperasen unos minutos, pero ya iba hacia allí.
Al doblar en una de las esquinas veo que, a lo lejos, venían tres personas. Mi capacidad visual no me permitía, por la distancia, distinguir rostros. Me limitaba a saber eran tres personas que venían.
Al llegar a mitad de la cuadra, sé que no es lo correcto, pero fue lo que hice, dejo la vereda para bajar a la calle, pero la cercanía de un coche me hace volver a la vereda.
Continúo avanzando hacia donde estaban las tres personas que caminaban en dirección contraria a donde me encontraba. Supongo que quienes vienen son un matrimonio y su hija.
Un poco más cercano a ellos distingo que es… No, no puede ser. 
Hace más de treinta años que no le veía. Desde hace mucho tiempo se encuentra en el exterior y, ahora, le tenía delante de mí.
Nos saludamos y nos regalamos un abrazo cargado de muchísimo tiempo y alegría por el encuentro.
En ella, parecería, no han transcurrido muchos años, aunque, me pareció, únicamente estaba un algo más delgada, aunque era imposible no reconocerla puesto que todo decía era ella sin que pasase el tiempo.
Me vino a la memoria la situación en que la conocí y el insólito pedido que le realicé cuando la encontré por segunda vez. Recordé la celebración de su casamiento y que, cuando el sepelio de su madre, ni me acerqué a saludarla puesto que estaba rodeada gente más allegada a ella que yo.
Debía llegar a dónde me estaban esperando, pero no dudé en quedarme disfrutando de la realidad de aquel encuentro totalmente casual. Conversamos entre los cuatro durante prolongados minutos y, ello, valía la pena.
No fue un ponernos al día sino, simplemente, un intercambio de relatos que el encuentro casual permitía. Ellos iban hacia algún lugar y yo iba en dirección contraria. Gastamos unos buenos minutos hasta que alguien dijo que debíamos continuar con nuestra marcha.
Debo reconocer que yo tenía la alegría del encuentro con alguien muy especial. Tan especial que, en muy pocas idas a colaborar en la Obra Don Bosco, se ganó, de los chicos, el título de “Tía”
Dios, tiene esas sorpresas para obsequiarnos, y, las mismas, no nos dejan indiferentes. Poseen la capacidad de revolver muchas cosas de nuestro interior y nos permiten renovar nuestra gratitud por su presencia en nuestras vidas. Poseen la capacidad de hacernos recordar momentos ya vividos y que, aunque no volverán a repetirse, nos hacen saber de nuestra deuda de gratitud para con esos seres que, un día, nos brindaron una mano solidaria.
Debía volver a lo que había motivado mi ponerme en camino rumbo a ese lugar, pero no podía dejar de saborear el inmenso encuentro casual que Él había puesto en mi camino.
Son demasiadas coincidencias que se juntan como para suponer es el producto de una casualidad. Dios actúa y podemos descubrir su evidente presencia como, también, podemos suponer que Él no tiene nada que ver. Pero qué grato se nos hace cuando, viendo su mano, podemos hacer, de lo nuestro, una prolongada oración, ya que encuentro con Él.