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Viernes 26 de Junio, 2026 38 vistas

Entre el discurso y la realidad

Por Gustavo Chiriff
La economía de Salto arrastra más de 20 años de estancamiento y retrocesos en sectores estratégicos. Durante la última década, su crecimiento anual promedio fue de apenas el 0,7%, quedando muy rezagado frente a la media del país. Esta falta de dinamismo se traduce en cifras sociales alarmantes: la pobreza afecta al 21,3% de la población (frente al 17,3% nacional) y, aunque el desempleo oscila entre el 5,1% y el 7,5% gracias al alivio temporal de las zafras, la informalidad laboral escala al 32,6%, situando al departamento en el sexto lugar nacional. Además, Salto ocupa el preocupante segundo puesto en subempleo en todo el país, con un 13,2%.
Existe una fuerte contradicción en sus variables: mientras que el PIB global del departamento ocupa el séptimo lugar en el ranking nacional, el ingreso per cápita cae drásticamente al puesto 17. El impacto de este desequilibrio es evidente en el Índice de Desarrollo Humano (IDH), donde Salto promedia 0,82, una cifra que no logra alcanzar el 0,862 del total del país.
El trasfondo de este panorama es una matriz productiva dependiente del sector primario y con nula industrialización local. Salto cuenta con 55 empresas cada 1000 habitantes, pero el 61% de ellas pertenece al sector de servicios, mientras que la industria secundaria es casi inexistente. Esto explica por qué más del 80% de lo que el departamento exporta se limita a tres productos sin valor agregado: carne bovina (62%), cítricos (11%) y arroz (8%). Ni siquiera el turismo, que atrajo a más de 450.000 visitantes en 2025 y posicionó al departamento como el cuarto destino del país, logra romper el molde: su aporte al PIB no llega al 3%, debido a una oferta económica y de bajo valor agregado enfocada casi exclusivamente en las termas.
Salto requiere de forma urgente inversiones estratégicas que transformen su realidad económica actual, mediante la creación de puestos de trabajo estables y el desarrollo de nuevas oportunidades para sus habitantes. Sin embargo, a casi un año de la asunción del nuevo gobierno departamental, las expectativas generadas siguen sin cumplirse. Las promesas de campaña no solo han quedado inconclusas en lo que respecta a los servicios básicos esenciales —como el estado crítico de las calles, las deficiencias en la recolección de residuos y las fallas en el alumbrado público—, sino que la calidad de estos ha empeorado visiblemente.
Esta misma parálisis afecta a las inversiones productivas anunciadas con entusiasmo durante la contienda electoral y al inicio de la gestión. Los sucesivos viajes oficiales del Intendente al exterior, presentados como misiones clave para la llegada de capitales, se han traducido únicamente en anuncios mediáticos. En los hechos, la falta de concreción demuestra que los proyectos no pasaron de ser meras intenciones, postergando el desarrollo que el departamento necesita con urgencia.