Por Pablo Vela
Había una vez, en el siempre generoso ecosistema político, un animal de perfil bajo. Tan bajo, que nadie lo hubiera distinguido en una foto grupal si no fuera porque levantaba la mano cuando había cámaras. No tenía carisma propio, ni ideas originales, ni siquiera enemigos declarados. Era, en términos técnicos, perfectamente olvidable.
Hasta que un día ocurrió el milagro: un partido, una estructura, una mayoría ruidosa decidió hacerlo visible. Le prestaron nombre, relato, consignas y, sobre todo, repetición. Repitió tanto lo que otros pensaron que terminó creyendo que lo había pensado él. Le pusieron un traje que no era suyo, lo subieron a un escenario que no había construido y lo defendieron como si fuera imprescindible.
Y al final toda esa fórmula, funcionó.
Llegó a un lugar al que jamás habría llegado solo. Literalmente: sin empujón colectivo, seguía esperando turno en la fila de los irrelevantes.
Pero una vez arriba descubrió algo fascinante: desde el poder, la memoria estorba, hace ruido. Recordar quién te hizo conocido, quien te puso el micrófono, quien te bancó cuando no eras nadie es un gesto avergonzante cuando uno empieza a frecuentar salones con alfombra.
Así nació el desagradecido profesional.
Primero fue sutil: dejó de decir “nosotros” y empezó con el “yo”. Después vino el clásico “la gente cambió”, cuando en realidad el que cambió fue él. Las propuestas que lo hicieron famoso pasaron a ser “simplistas”.
Y ahí ocurrió la traición completa: se vendió como adulto responsable frente a los mismos que siempre lo ignoraron. Descubrió que criticar a los propios (a través de terceros lógicamente) da más prensa que cumplir la palabra. Que morder la mano que te dio de comer te hace parecer independiente. Que renegar del origen te vuelve, mágicamente, estadista. Que pensar en la próxima elección lo rodeaba de gente que no es lo mismo a tener el respaldo de la gente (la gente es no es boba).
La fábula no termina con castigo inmediato. Casi nunca. A veces el ingrato dura, incluso prospera. Pero hay una ley no escrita en política: cuando traicionas a quienes te hicieron, no te volvés grande; solo quedás solo. Y la soledad, tarde o temprano, se nota.
Moraleja (para distraídos): en política se puede llegar sin mérito propio, pero no se puede estar mucho tiempo fingiendo que uno llegó caminando cuando lo llevaron en andas.
Miércoles 18 de Febrero, 2026 373 vistas