Por el Padre Martín Ponce de León
Una de las tareas gratificantes que, gracias a Dios, puedo llevar a cabo, casi todos los días, es poder salir a callejear. En oportunidades, para hacerlo, debo inventarme alguna excusa. En oportunidades, es porque me invitan a ello. En oportunidades es por el simple hecho de hacerlo.
Hay oportunidades, el que esté encerrado en mi cuarto, se me vuelve casi insoportable y, ya cansado de leer o de escribir, siento la necesidad de salir a callejear. Es salir y caminar unas cuadras, sin destino o sin finalidad. Es, simplemente, salir y experimentar la libertad de no tener cuatro paredes y un techo. Hay quienes salen a callejear y se detienen a mirar vidrieras o entretenimientos por el estilo. Yo, simplemente, salgo y camino, salvo algunas ocasiones en que aprovecho para realizar alguna compra.
En oportunidades, callejear se vuelve la oportunidad para algún encuentro que no estaba ni pensado ni buscado. Es transitar por alguna calle por el simple hecho de estar al aire libre. Es la oportunidad para ventilar ideas o para recordar vivencias. Como no me hace mucha gracia el “salir a gastar tiempo” o “salir a gustar tiempo” es que me invento alguna excusa para justificar tal hecho.
En oportunidades, callejear es una invitación a ir a los barrios. Ese callejear, siempre, es un placer. Uno sabe que tendrá oportunidad de conversar o escuchar relatos. Serán cuestionamientos o momentos de compartir, que son momentos muy gratificantes. Es encontrarse con realidades que, por lo general, son muy diversas a las que uno vive y, por ello, son situaciones que enseñan. A más de esto es, por lo general, la oportunidad de acompañar una dada de mano que permite beber de la solidaridad hecha servicio.
Cuando me invitan a callejear casi todo se vuelve secundario puesto que comienzo a prepararme para la salida. Esas salidas pueden ser para llevar un colchón o una cama, unos alimentos, ir a buscar unos bizcochos o, simplemente, acudir a escuchar a alguien que necesita desahogar una situación. Pueden ser de un rato o de mucho tiempo, pero siempre uno queda con la sensación de que ha sido muy breve.
Callejear me ha servido para poder aprender a encontrarme con Cristo en la vida de los demás. Algunas veces para agradecer lo muchísimo que me obsequia, algunas veces para hacer oración las situaciones que otros viven y, siempre, para ayudarme a tener los pies sobre la tierra.
Callejear me ha servido para experimentar encuentros con situaciones de vida que, tal vez, de otra forma, uno ni siquiera habría supuesto, viven otras personas. Son esas ocasiones donde uno experimenta que el encuentro con la realidad no deja indiferentes. Siempre hay algo que golpea y moviliza interiormente. Es, por sobre todas las cosas, una oportunidad de agradecer a Dios, por el hecho de poder ser partícipe de esas realidades.
Hace poco, mientras callejeaba, me encontré con una persona que se detuvo para conversar. Me contaba que “Nunca me habían pegado tanto como en esa oportunidad”. Luego de conversar le digo a modo de despedida “No bajes los brazos” a lo que me respondió, entre risas, “Padre, tengo una costilla fisurada. Cómo no voy a bajar los brazos si ni puedo levantarlos de lo que me hacen doler”. Me reí ante su ocurrencia y él, también, se burló de sí mismo mientras me decía que no se iba a entregar.
Callejear es una gran escuela donde uno puede aprender a no dejar de agradecer lo que se tiene. Es una gran escuela para aprender a no vivir quejándose o permitir que el desánimo nos gane.
Callejear es una gran oportunidad para encontrarse con otros, agradecer, cuestionarse y experimentar que, siempre, ha sido muy breve.
Sábado 11 de Julio, 2026 12 vistas