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Domingo 22 de Marzo, 2026 27 vistas

Caras rojas

Por el Dr. César Suárez
En promedio, una persona normal tiene en todo su sistema circulatorio en el entorno de 5 litros de sangre, elemento líquido esencial para sostener la vitalidad funcional de todo el organismo cuya función principal es el trasporte de oxigeno a cada célula que conforma el organismo y que circula en forma permanente, completando todo el circuito corporal en 60 segundos en promedio, impulsada por la bomba cardíaca que late a un promedio de unas 80 contracciones en cada minuto.
El corazón expulsa hacia el sistema arterial, sangre oxigenada que previamente pasó por el pulmón a recoger su oxigeno que es cargado por los 5 millones de glóbulos rojos que hay por cada milímetro cubico de sangre, deposita ese oxigeno en los tejidos de cada uno de los órganos y después vuelve al corazón y los pulmones a través de sistema venoso a cargarse nuevamente de oxígeno y todo ese circuito lo realiza en tan solo un minuto.
Todo el sistema vascular está compuesto de inicio por grandes arterias que se van bifurcando y afinando hasta terminar en los capilares, vasos de muy fino calibre que riegan cada milímetro de los tejidos de cada órgano.
La piel, que en su conjunto es el órgano más extenso y voluminoso del organismo, está recorrido con una muy densa red de capilares de calibre muy fino, pero con una funcionalidad muy dinámica como consecuencia por su estructura muscular que los contrae o dilata según cada situación.
Esa red capilar que puebla cada milímetro cuadrado de la piel participa en la regulación de la temperatura corporal que en condiciones de normalidad se mantiene en 36,5 grados centígrados independientemente de la temperatura ambiental.
Cuando el ambiente que rodea cada cuerpo es muy frío, los capilares se contraen vaciando gran parte de su contenido para mantener la temperatura, la piel se empalidece, pero cuando la temperatura ambiente aumenta, los capilares se dilatan para disipar temperatura y la piel se pone roja como sucede cuando uno se expone al sol fuerte, a una ducha caliente o a una fuente de calor como es el caso de las estufas o los parrilleros.
Este mecanismo de dilatación y contracción de los capilares es muy ágil y cambia rápidamente ante los cambios ambientales.
El lugar más visible de los cambios capilares es la cara cuyo color se modifica por los cambios de temperatura ambiental pero también por cambios funcionales vinculado a factores alimentarios y emocionales.
Cuando una persona come rápido o toma alcohol, o se enoja intensamente, su cara se enrojece, si vive una situación que le provoca vergüenza, también se enrojece, pero cuando se asusta o recibe una mala noticia, empalidece, todo vinculado a la carga de sangre de los capilares.
Una vez que la situación ambiental, alimentaria o emocional se corrige, la piel de la cara vuelve a su normalidad, rápidamente, pero hay situaciones donde la rojez persiste porque los capilares, permanecen dilatados, esta situación se conoce con el nombre de rosácea donde convergen, factores ambientales, alimentarios y emocionales asociados a predisposición genética.
La rosácea en un motivo de consulta frecuente en dermatología y aunque se puede manejar con algunas medidas, lamentablemente no tiene cura, evolucionando por empujes de acuerdo a las circunstancias.
Es una enfermedad inflamatoria que favorece la inflamación de las glándulas sebáceas y puede acompañarse con granitos con pus y suele sobre-infectarse con un parásito denominado demodés foliculorum.
El manejo de la rosácea pasa sobre todo por la prevención, evitar la exposición a fuentes de calor cercanas, evitar dietas indigestas, comer despacio, masticar bien la comida, evitar consumo de alcohol y regular el estrés.
Existen algunos recursos medicamentosos, incluyendo ciertos antibióticos de aplicación local o por vía oral, sofisticados aparatos laser, estrategias que deben ser manejadas por especialistas de la piel.
Como uso doméstico, son útiles, compresas frías de malva tilo y manzanilla que deben permanecer por no menos de 20 minutos aparte de todas las medidas preventivas.
Todo este tema desborda ampliamente el espacio de esta columna y sin duda, el médico dermatólogo será el que tendrá la última palabra.