Por Pablo Vela
En la política departamental de Salto se habla de “coalición”. Es lógico, somos el único departamento donde esta experiencia electoral triunfó. Y ahí está, quizás o al parecer, uno de los principales problemas que atraviesa hoy la gestión departamental: la falta de una verdadera lógica de trabajo en coalición.
Una coalición, en su sentido más profundo, no es simplemente la suma de partidos o sectores que coinciden para ganar una elección. Una coalición implica acuerdos programáticos claros, responsabilidades compartidas y, sobre todo, un compromiso permanente de cooperación entre quienes la integran. Significa gobernar con diálogo, con coordinación y con respeto por los acuerdos asumidos. No se trata de repartirse cargos ni de sostener mayorías circunstanciales, sino de construir una agenda común que tenga como prioridad el bienestar de la ciudadanía.
Cuando esa lógica no se respeta, lo que queda es una alianza frágil, tensiones, reproches y desconfianzas. Y eso termina impactando en la gestión. Las decisiones se demoran, las políticas pierden coherencia y los problemas estructurales del departamento continúan acumulándose.
Salto atraviesa desde hace años desafíos profundos: dificultades en el empleo, necesidades de infraestructura, oportunidades productivas que requieren impulso y una sociedad que espera soluciones concretas. En ese contexto, la falta de coordinación política no es un problema menor.
Además, hay una realidad política que no puede ignorarse. A lo largo de la historia reciente del departamento han pasado por el gobierno distintos partidos políticos y ninguno ha logrado resolver de forma sostenida los problemas estructurales de Salto. Muchas veces, más allá de las buenas intenciones iniciales, los gobiernos terminan cayendo en viejas prácticas que tanto daño le hacen a la política: el amiguismo, el clientelismo y la utilización del poder para favorecer cercanías antes que proyectos.
Justamente por eso es que sostenemos la idea de una coalición. No como un simple acuerdo electoral, sino como una herramienta política que, bien aplicada, permite generar controles internos, equilibrio entre fuerzas y mayor transparencia en la gestión.
Esa posición, además, no es nueva ni oportunista. Desde un principio hemos defendido la construcción de la Coalición Republicana. Lo hicimos por convicción y lo seguimos haciendo hoy, porque creemos que el camino de los acuerdos amplios es el que mejor puede darle estabilidad y rumbo al departamento.
Pero defender la coalición también implica decir las cosas con claridad cuando esa coalición no funciona como debería. No alcanza con declararla; hay que ejercerla todos los días, con responsabilidad, con diálogo y con respeto por los compromisos asumidos.
Por eso quizás haya llegado el momento de hacerse una pregunta incómoda pero necesaria. Si la coalición actual no logra funcionar como tal, si los compromisos no se sostienen y si la coordinación política no aparece, ¿no será momento de pensar en otra forma de construir acuerdos?
Tal vez la respuesta no esté en insistir con la misma fórmula, sino en promover una coalición distinta. Una coalición que no se base únicamente en la coincidencia electoral, sino en la voluntad de trabajar juntos. Una coalición con actores dispuestos a cumplir lo que prometen, a sostener los compromisos y a priorizar el interés colectivo por encima de las diferencias sectoriales.
Porque, en definitiva, hay algo que debería estar por encima de cualquier estrategia política: Salto.
El departamento no resiste más incumplimientos, ni más traiciones, ni más excusas. Lo que necesita es responsabilidad, seriedad y una dirigencia capaz de entender que gobernar en coalición significa mucho más que compartir un lema o una foto de campaña.
Significa, ante todo, cumplir con la palabra y trabajar juntos por el futuro de la gente, respetar el voto de la gente.
Miércoles 11 de Marzo, 2026 387 vistas