Por el Padre Martín Ponce De León
Antes de comenzar la celebración de la eucaristía, resonaban en mi mente algunas frases que habían ocupado los medios de comunicación en los últimos días. “Será el infierno” “Toda una civilización habrá de desaparecer” “Volverá a la edad de piedra”
Eran frases dichas con tono amenazador y convicción.
Al llegar a la eucaristía me encuentro con el relato evangélico de los discípulos de Emaús. Jesús camina con ellos y, lejos de acosarlos con reproches por su conducta, dialoga con ellos haciéndoles “arder el corazón”
El relato concluye con los discípulos invitando a Jesús a comer juntos y todo lo inmediatamente posterior que les permite reconocer al resucitado.
No sé debido a qué, vino a mi memoria aquella vieja canción donde, luego de un diálogo, concluía con una frase que resonaba en mi mente. “Dios, no te olvides, esta noche a la una”
Hacía muchísimo tiempo que no escuchaba a tal canción y, ella, estaba, muy nítida, en mi memoria en esa oportunidad.
Las frases que los medios acercaban y la frase de la canción se habían instalado en mi mente, la invitación de los discípulos de Emaús me despertaba la atención y no hacían otra cosa que rechinar en mi interior.
Las primeras frases no eran otra cosa que un claro reflejo de nuestro hoy. Amenazas, prepotencia, desprecio por el otro. Realidades con las que, en diversos niveles, nos podemos encontrar en nuestra realidad cotidiana y, tal vez, en nuestra forma de relacionarnos con otros.
Son frases que resultan chocantes, pero, quizás, son frases que pueden haber estado en nuestros labios en alguna oportunidad, aunque no sean esas mismas palabras.
La segunda frase respondía a esa experiencia particular de los discípulos, y que deseaban prolongar. Siempre que podemos vivir la experiencia de sentir arder nuestro corazón deseamos que tal situación se prolongue o se reitere. No nos conformamos con que sea un algo puntual en nuestra existencia, por ello buscamos la manera de poder continuar, aunque más no sea, transitoriamente.
Nuestra relación con Jesús debería hacer “arder nuestro corazón”, pero, muchas veces, la hemos llenado de ritos, rutinas o abstracciones que nos impiden vivir esa experiencia.
Lejos de invitarlo a que se quede con nosotros le dejamos marchar puesto que, quedarnos con Él es, siempre, complicarnos la vida.
La frase final de la canción no es otra cosa que un recordatorio de lo que debería ser nuestra constante actitud. Querer y buscar compartir con Él toda nuestra vida y, nada mejor, que poder establecer una relación de cercanía y familiaridad.
Dejar que Él se siente a nuestra mesa y podamos compartir relatos, momentos y “una cena” ha de ser una de los mejores momentos para ir aprendiendo de sus cosas y de nuestras fragilidades. De sus cosas y de nuestras esperanzas por poder crecer en el disfrute de su cercanía y amor.
Nos puede resultar un atrevimiento de nuestra parte el invitarlo a compartir una cena, pero mucho más asombroso ha de ser poder suponer que Él, siempre, está esperando lo invitemos a nuestra mesa.
Dios es un Padre que nos ama y ha de disfrutar, muchísimo, el que queramos compartir la mesa con Él. No le ha de importar le pidamos que no se olvide cuando, en realidad, “He deseado ardientemente compartir esta cena con vos”
Por otro lado, es una muy buena práctica que podamos cerrar cada día estando un rato a solas con Dios. Sin lugar a dudas seríamos más felices en nuestra realidad.
Sábado 11 de Abril, 2026 69 vistas