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Martes 29 de Septiembre, 2026 561 vistas

Educación: ¿Y si la decadencia es deliberada?

Por Carlos Arredondo
El fallo de la SCJ sobre la educación de dos niñas de una familia menonita abrió una discusión que, en mi opinión, trasciende largamente a esa comunidad y a esas dos niñas.
Porque detrás de la resolución hay una pregunta mucho más importante: ¿qué entendemos por educación?
Durante mucho tiempo en Uruguay dimos por sentado que la educación pública era una garantía. Nadie discutía que de allí se salía preparado para enfrentarse al mundo. Pero algo cambió, y sería una necedad negarlo.
Los resultados están allí. En sexto año de Primaria, el 19,7% de los alumnos se ubicó en los dos niveles más bajos de lectura y el 37,3% en los dos niveles más bajos de matemática. Son cifras de Aristas 2023 y, además, implican que las metas que la propia ANEP había establecido no fueron alcanzadas.
En PISA 2022, apenas el 43% de los estudiantes uruguayos de 15 años alcanzó el nivel mínimo de desempeño en matemática, frente al 69% del promedio de la OCDE. Uruguay quedó por debajo del promedio de la organización en matemática, lectura y ciencias.
Y hay otro dato que debería hacernos levantar la ceja: entre 2019 y 2024, el ausentismo crónico en la educación primaria pública pasó del 46,1% al 63%.
No estoy diciendo que todo esté mal. No lo está. Tampoco que los docentes sean responsables de esta situación. Sería injusto y, además, demasiado fácil.
Estoy diciendo algo bastante más sencillo: la educación pública ya no es aquello que durante décadas creímos que era.
Y frente a eso aparece el caso de los padres que deciden buscar otra cosa para sus hijos.
¿Podemos considerar irresponsable a un padre que, viendo esta realidad, pretende elevar la calidad de la educación que recibe su hijo y decide asumir una mayor responsabilidad sobre ella? Yo no.
Y aquí aparece otra confusión que deberíamos empezar a discutir: educación no es escolarización.
La escuela es una herramienta extraordinariamente importante para educar, pero no tiene la exclusividad de la educación. Educar es transmitir conocimientos, pero también valores, herramientas para convivir, capacidad para pensar, imaginación, curiosidad y, sobre todo, libertad intelectual.
Pero hoy nos topamos con un problema: hemos dejando de enseñarles algunas de las cosas que nunca debieron dejar de aprender: a mirar el mundo con ojos críticos, a cuestionar lo establecido, a hacerse preguntas y a dejar volar su imaginación.
Para entendernos: Si de verdad nuestra escuela pública forma personas con pensamiento crítico, no deberíamos asustarnos cuando esos niños crezcan, sean padres y cuestionen la educación que la escuela pretende impartirles a sus hijos. Y sin embargo cuando una familia dice “yo quiero otra cosa para mi hijo”, inmediatamente aparece la necesidad de preguntarle a esa familia si está haciendo lo correcto, o peor: Cuestionarla y cuestionar a quienes lo ven con buenos ojos al tiempo que dedicamos miles de caracteres en apologías de “dejar todo como está”, aunque se esté condenando a nuestros gurises.
Por cuestiones de espacio no ahondaré en todo lo que implica la ideología de género que la escuela pública imprime en las cabezas de nuestros niños. Eso lo abordaré en próximas entregas, porque merece una dedicación especial.
Lo cierto es que hay niños que terminan Primaria con enormes dificultades en lectura y matemática y el problema no es nuevo, lo nuevo es que cada año el problema se profundiza, y llegados a este punto, hoy, creo, que tenemos derecho a formular un par de preguntas incómodas: ¿Y si parte de esta decadencia no fuera solamente el resultado de errores, omisiones, malas decisiones o incapacidad? ¿Y si algunas de las transformaciones que nos trajeron hasta acá hubieran sido deliberadas?
Puede parecer una pregunta absurda, lo sé. Incluso puede parecer desubicada y sin sentido, pero quizá justamente por eso sea hora de hacerla.
Y si de verdad queremos formar ciudadanos capaces de pensar críticamente, quizá lo primero que deberíamos enseñarles —y enseñarnos nosotros mismos— sea que ninguna institución, ninguna autoridad y ninguna idea debería estar a salvo de nuestras preguntas. Ni siquiera la escuela, tampoco la educación, y mucho menos quienes deciden qué educación deben recibir nuestros hijos.