Por Pablo Vela
En la política salteña hay una tendencia peligrosa: simplificar. Reducir todo a bando, a relatos que ordenan el caos, pero deforman la realidad. Y en ese ejercicio, hoy se comete una injusticia evidente al intentar ubicar a Marcelo Malaquina en el mismo casillero que quienes sí han tomado decisiones de gobierno.
Porque conviene decirlo con claridad: Malaquina no ha sido protagonista de la gestión. No ha tenido responsabilidad directa en las decisiones que hoy se critican o se defienden.
La política, como la vida, tiene matices. Y Malaquina representa, justamente, una figura que quedó al margen de un resultado para el que trabajó y colaboró; y no por falta de intención. Fue, alguien que no logró o no supo consolidar el respaldo conseguido en su interna para incidir donde realmente se toman las decisiones (vapuleó a su oponente en las urnas en las elecciones internas).
¿Pecó de ingenuo? Probablemente. Creer que la lealtad política es correspondida en igual medida suele ser un error frecuente en escenarios donde el poder se construye con otros códigos.
Ahora bien, reconocer esto no implica idealizarlo ni eximirlo de toda crítica. Malaquina también debe hacerse cargo de sus decisiones: de sus silencios, de sus apuestas fallidas, de no haber construido una base propia más sólida que le permitiera resistir esasembestidas. Pero eso es muy distinto a atribuirle responsabilidades que no le corresponden.
No se respetaron los votos de Malaquina, es decir, no se respetó a la gente que eligió el proyecto Malaquina. No lo respetó Albisu, no lo respetó Coutinho ni De Brum, codicia, ambición, vaya a saber que más, todo para seguir inflando egos y aplastando el departamento.
Porque detrás de cada voto a Malaquina no había solo un nombre en la lista. Había una idea, una forma distinta de hacer política, o al menos la esperanza de algo diferente dentro de un escenario dominado por estructuras tradicionales.
Al final del día, la pregunta es incómoda pero necesaria: ¿qué valor real tiene el voto si luego puede ser reinterpretado, absorbido o directamente ignorado?
Porque cuando no se respeta un proyecto votado, no solo se deja de lado a un dirigente como Malaquina. Se deja de lado, también, a toda la gente que creyó en él. Y eso, en democracia, siempre pasa factura.
Una semana. Siete días alcanzaron para que quedara claro que no había voluntad política de sostener ese ámbito. Y cuando algo así ocurre, la explicación rara vez está en lo formal. Fue una decisión. Decisión en Salto que acató Montevideo, que no movió un dedo para defender la premisa que se sigue “vendiendo” en el resto del país; farsantes, pobre del que crea que en Salto existe Coalición Republicana.
La pregunta inevitable es: ¿por qué?
Porque si la CORE representaba (aunque fuera imperfectamente) a un conjunto de votantes que apostaron por un proyecto distinto, su caída implica algo más que un reacomodo interno. Implica que ese respaldo electoral volvió a verse defraudado. Otra vez, los votos cuentan para llegar, pero no necesariamente para decidir.
En definitiva, la CORE duró una semana. Pero en esos siete días se condensó una lección mucho más larga: en Salto, el verdadero poder no siempre se define en las urnas, sino en lo que ocurre después.
Y ahí es donde muchos sienten, otra vez, que su voto no sirve para mejorar.
Miércoles 08 de Abril, 2026 1.416 vistas